miércoles, 19 de diciembre de 2012

¿Realmente sabes multiplicar?


Esta vez han sido 26, casi todos niños, los que han sido masacrados por un loco que, armado hasta los dientes, decidió que ya habían vivido demasiado. Sería un buen titular  “An old story in Newtown” (una vieja historia en “Pueblonuevo”).

Todos tenemos niños en la familia, y de lo que ninguno nos hemos salvado es de haberlo sido, más o menos años ha, de ahí lo difícil de ocultar nuestro dolor y estremecimiento, lo imposible de entender que alguien sea capaz de reventar corazones tan inocentes. Muchos, incluso, habrán pensado en las muy tristes y desoladoras fiestas navideñas en esos hogares en cuyos frigoríficos probablemente colgarán dibujos de Santa con sus renos y que ya son obras póstumas.

Hay que estar muy mal parido y peor criado porque, a mi que me perdonen, estos no son enfermos. Planificar estas cosas no están al alcance de cualquier majareta, y cargar tanta artillería desde casa a la escuela no lo haces sin darte cuenta. Obvio es que si tu madre para reñirte en vez de enseñarte la suela de zapatilla te enseñaba un M-16… algo del camino llevarías andado. Allí resulta igual de fácil pedirse un MacMenú que mercarse un fusil de asalto. Así les va: más muertos por armas de fuego que en cualquier guerra y más muertes por obesidad y sobrepeso que en el resto del planeta.

¿Más paradojas?, pues una muy curiosa: en un país en el que uno de cada 15 negros está en la cárcel, todos estos serial killers “especializados” en colegios eran de raza blanca.

El árbol del lamento (Beslan)
La “moda” de asaltar centros de enseñanzas es muy antigua, y por mucho que se pueda pensar no es exclusiva yanqui. La más brutal ocurrió en este siglo (aún no había cumplido su primera década), cuando unos independentistas fanáticos secuestraron y asesinaron a casi 400 personas en el Colegio de Enseñanza Media Número Uno de Beslán (Osetia del Norte). Ese 1 de septiembre era el primer día de clases de otoño, algo que en aquellos lares se festeja llevando regalos a los profesores, y sería la última vez en su truncada existencia para 171 niños. Sencillamente, desgarrador.

Los medios de comunicación nos han ido dado las noticias de lo de Newtown casi al minuto; de hecho se convirtió en trending topic sólo unas horas más tarde y ocupó la portada de las principales cabeceras del mundo. Adam Lanza ya forma parte de la historia macabra de este planeta y Michael Moore tiene tema para la segunda parte de Bowling for Columbine. No es para menos, ¿verdad?


Ahora toca multiplicar. Seré breve.

Imaginemos que esta noticia tan trágica se repitiera en los informativos, periódicos, tweets, feeds, y “quiyo t’anterao..” 1.450 veces cada día, una cada minuto, un día tras otro. Antes de terminar la anterior ya habría empezado la siguiente. No habría alma ni corazón humano capaz de absorber tanta pena.

Alrededor de 29.000 niños y niñas menores de cinco años, ¡¡¡21 por minuto!!! mueren todos los días en el mundo, especialmente de causas que se podrían evitar: desnutrición, sed, sarampión, paludismo o tétanos.

Ningún niño debería morir. No hay niños de champions league  y niños de tercera división.

Breve, ¿verdad?.




viernes, 14 de diciembre de 2012

¡Qué poco dura la modernidad!


Nos machacaban los medios hace escasas horas con tu primer "tuit", Benedicto, en lo que que todos quisieron ver un salto cualitativo en la relación de la Iglesia con sus fieles, un paso adelante de una secularmente anquilosada institución. Resultaba simpático ver ese primer plano de tu dedo acercándose al "Twittear", y que los más exagerados compararon con el que, muy cerca de donde estabas, plasmo en un fresco Michelangelo Buonarroti a petición de Julio II quien siglos atrás ocupó tu puesto. Lo del nick... discutible; a mi lo de @Pontifex me suena a pastillas para la tos, pero es cuestión de gustos.





Hoy, Papa, te has vuelto a olvidar del mayor problema que asola al mundo, y en tu carta para las Jornadas de la Paz ni siquiera una vez has nombrado la palabra "hambre", porque para ti, por lo visto, es más importante erradicar el aborto, la eutanasia y el matrimonio homosexual. Me resulta hipócrita defender al no nacido
 y olvidarse del nacido, obligar a parir criaturas que el hambre no dejará llegar a adultos. Fue Ghandi quien afirmó que "la pobreza es la mayor forma de violencia", y tal vez tu mensaje "Bienaventurados los que trabajan por la paz" debería haberse ocupado de ello.
A mi me preocupa más ver a gente buscando en contenedores lo que hace pocos meses arrojaban a la basura, gente saltando por el balcón para que no sea otro quien lo saque de su casa por última vez.
Tu antecesor Wojtyła, sin necesidad de internet, demostró una enorme preocupación por las desigualdades, y me atrevo a afirmar que la Historia lo pondrá en un lugar de privilegio. Hasta hoy, tus gestos más publicitados son el "tuit" y los recortes en el Portal de Belén.



viernes, 2 de noviembre de 2012

Animals


Un consorcio de inversores de Malasia está actualmente reurbanizando el entorno del la Battersea Power Station, uno de los edificios más emblemáticos del urbanismo industrial de Londres. Construida, en su primera fase, al comienzo de la Segunda Guerra Mundial para cubrir una mayor demanda energética de la industria militar y civil, es el edificio de ladrillo más grande de Europa,  y durante más de cuarenta años contribuyó a ennegrecer el cielo y las fachadas londinenses con el humo de sus cuatro enormes chimeneas. En los años 50 se edificó una segunda fase idéntica a la primera, conformando su actual aspecto.

La llegada al poder del neoconservadurismo, liderado por Margaret Thatcher, y su política a favor de la energía nuclear en detrimento de las centrales térmicas alimentadas por carbón, acarreó su cierre en 1983. Fue la Dama de Hierro quien puso de moda lo del cambio climático, utilizándolo como excusa para cerrar minas y provocando la mayor huelga de la minería británica. En el trasfondo se encontraban sus buenas relaciones con el lobby atómico y el deseo de acabar con el poder de los sindicatos, a los que venció por agotamiento: un año continuado de paro no era soportable para la mayoría de los trabajadores. Su supuesto interés “medioambiental” quedó desmontado cuando, en ese mismo año, se quedó sola frente al resto de países oponiéndose en la 7ª reunión del Convenio de Londres a una moratoria de vertidos de residuos en la fosa atlántica, frente a las costas gallegas.



Pero, casi con total seguridad, el máximo reconocimiento mundial de este edificio esta relacionado con la música, pues se debe a su aparición en la película Help!, protagonizada por The Beatles en 1965, y en la portada de Animals, el álbum que la banda Pink Floyd lanzó en 1977.

Roger Waters, bajista de la mítica banda de rock sinfónico,  no sólo fue el autor de ese diseño, colocando a un cerdo volando entre dos de las chimeneas de la factoría, sino que también escribió los temas del álbum inspirándose en la obra Animal Farm, escrita en 1945 por George Orwell y traducida al español bajo el título de Rebelión en la granja. Aunque el hilo conductor de la trama de la novela es pura ficción, una fábula, su trasfondo es fielmente histórico, es una crítica a la sociedad totalitaria , a la figura de Stalin y la instauración del comunismo en la URSS.

En el comienzo, los animales de una granja se rebelan contra el señor Jones, el propietario, y fundan una sociedad sin privilegios en la que todos compartían sus capacidades en busca del bien común. Poco a poco, los cerdos van acaparando el poder, instaurando una dictadura basada en la obediencia provocada por el miedo. Lo que quiso ser una revolución contra la tiranía humana se fue corrompiendo hasta convertirse en otra similar, pero ejercida por una especie animal sobre el resto.

Platón definió el concepto de poder como “el ejercicio del mando”, la capacidad de hacerse obedecer, bien sea de forma autoritaria o participativa, y empleando herramientas como el consenso, la propaganda e incluso la violencia, según el caso.

En una entrevista publicada por El País en marzo de 2000, Mario Vargas Llosa afirmaba que “el poder hay que limitarlo, reducirlo al mínimo, porque cuando a un ser humano se le da todo el poder aparece la crueldad”. No hay que hurgar mucho en la historia para encontrar cómo se consigue la obediencia sembrando el miedo con sanciones y castigos. La erótica del poder, la atracción y excitación que sienten los poderosos al ejercerlo, les lleva a acumularlo hasta convertirse en auténticos monstruos: Hitler, Mussolini, Franco, Pinochet, Videla, Stroessner, Castro, Pol Pot, Ceaucescu, Bokassa, Idi Amin, Mobutu, Kim Jon-il, Gadafi,… En casi todos ellos se repite el mismo esquema, en el que por la degeneración de procesos revolucionarios van acumulando poder hasta instaurar su tiranía.

domingo, 30 de septiembre de 2012

Pretoriano


Qué duro debe ser romperle la frente a golpes a quien protesta armado solamente con su garganta, sobre todo si tú mismo te has estado quejando antes de ponerte el casco y los guantes de cuero, sobre todo si anoche, antes de dormir, tu esposa te contaba que se le había ido un dineral en las cosas del cole de las niñas. Y tú, solo Dios sabe porqué, estampaste esa fría barra negra en la frente de aquel chaval que gritaba “¡no a los recor…!”. Sin dejarle terminar convertiste su cabeza en un manantial de roja indignación.

Había llegado desde un pequeño pueblo de Granada donde trabaja como maestro de niños, aunque él siempre presume de su origen gaditano. En esta ocasión no quiso lucir su camiseta amarilla, porque no estaba de ánimos con tanto bajarle el sueldo y subirle los precios. Tampoco quería que alguien se la estropeara: la conserva como una reliquia desde que su padre se la regaló con la firma de Mágico González. Qué casualidad, si no fuera porque obligatoriamente tenías que viajar en esa jaula con ruedas incluso podrías haber compartido coche y frustraciones entre Granada y Madrid.

Seguramente, mientras malcomías el bocadillo de jamón y las dos manzanas que te dieron para aguantar todo el día, en algún remanso dentro de toda aquella confusión recordaste aquellas pupilas de pánico clavadas en tu mano derecha, y cómo explotaste toda la ira en su rostro.

Agotados, en el camino de vuelta no cruzasteis palabra, y ni siquiera el ruido del motor apagó esas respiraciones agitadas. Llamaste a casa, tu mujer ansiaba esa llamada porque la radio alertó de policías heridos y ni tiempo tuviste para tranquilizarla. “Tranquilo, mi amor, las niñas no han visto nada”.

Hoy te levantaste tarde, tenías el día libre por lo de ayer, y saliste con el tiempo justo para recoger a la más pequeña. Estabas deseando verla, tanto que te alarmaste por no saber quién era aquel que, agachado junto a tu hija, le colocaba bien la mochila y abotonaba su rebequita. Solamente al alcanzarla pudiste entenderlo todo, e incluso te chirriaron los oídos cuando te decía “Mira papi, Roberto el profe se ha hecho pupa”.

“Sí, cariño, papi ya lo sabía, se lo hizo un hombre malo”. Es demasiado pequeña para entender ese apretón de manos y esos ojos nublados.


sábado, 29 de septiembre de 2012

Espiral



    Cuca salió algo sofocada de su habitual lunch en el Club Financiero. Mientras traían su deportivo inglés del parking, sacó un pequeño espejo de  un precioso bolso de Prada para ver si su rostro reflejaba la indignación que minutos antes había sentido. De puertas para afuera su status le obligaba a un impertérrito rictus y no podía exteriorizar sus sentimientos, y menos frente a aquel joven que traia sus llaves y al que podría pagar la nómina con lo que ella gastaba semanalmente en zapatos.

 La luz roja del semáforo y un mendigo rumano que quiso limpiarle los cristales fueron los únicos testigos de cómo una minúscula lágrima estuvo a punto de caer hasta su boca. No pudo contenerse. Pisó a fondo en cuanto cambió a verde y se rompió una uña de la rabia con la que apretó el volante. “No me lo puedo creer”, susurró.

  Meritxell, autoproclamada lideresa de esa media docena de esposas que todos los martes se reunían para compartir frivolidades y vanidades, fue la que abrió la espita,  confesando que ella y su marido habían vuelto el día anterior de Zurich con sus hijos. No se trató de un viaje familiar a los Alpes, pues lo de llevar a los niños no fue más que para poder repartir los fajos de billetes en las maletas y los equipos de esquí. Les había funcionado las tres veces anteriores, y este era el último viaje. Borja, el cuñado de Meritxell, les facilitó el trabajo para sacar tanto efectivo como para encontrarles el banco en Suiza. Las cosas están muy feas en España, y nada mejor que poner a salvo el dinero ganado cuando vendieron los terrenos por donde pasa la autopista. Unos meses antes de darse a conocer el proyecto, un ingeniero y antiguo novio les pasó la lista de expropiaciones, y sólo tuvieron que apretar un poco a los propietarios, asfixiados por la sequía y a los que el banco que Borja dirigía amenzaba con embargar.

  Los ojos de Teresa titilaban desde antes de tomar la palabra. Tal vez acostumbrada a las subastas de Christie's, a las que acudía asiduamente como representante de un pujador colombiano al que solamente conocía su marido, sabía que su puja era más fuerte que la de Meritxell, y eso la excitaba. Con un remilgado gesto reclamó la atención del grupo, a la vez miraba de reojo a izquierda y derecha para verificar la confidencialidad de su relato.

  Carlos, su esposo, llevaba varios años trabajando con organizaciones internacionales de ayuda al Tercer Mundo. Se había hecho con los mejores contratos para suministrar productos cárnicos de sus fábricas con destino a los países subsaharianos. En las primeras entregas él mismo viajó acompañando la mercancía, comprobando la ruta y el sistema de reparto. Eso le sirvió para darse cuenta de que, desde el despiece de la res y empaquetado en la fábrica hasta su entrega a un hambriento en Burkina Faso, nadie se molestaba en mirar las etiquetas o comprobar que lo que decían los papeles era lo mismo que arrojaban a aquella gente desde los camiones. Solamente les interesaba el peso, y que todos pesaran lo mismo, para que la distribución resultara más equitativa.

  A partir del segundo mes, argumentando una mejor protección, el plástico del empaquetado pasó a ser negro y de mayor resistencia, y las etiquetas empezaron a reflejar un peso algo inferior al real, cosa que a los pagadores les resultó gratificante. Claro está que no sabían que la opacidad del envoltorio impedía ver que lo que antes eran tacos de carne fresca ahora eran restos de piel, huesos, tripas y despojos. Había dado con la fórmula mágica para deshacerse de la basura ganando dinero. “Total, si esos negros comen hasta gusanos…”, culminó Teresa mientras Cuca se giró de cintura al sentir que la bilis le llegó ardiendo hasta el esófago.

  No pudo escuchar la historia de Ana porque, además de ser más breve, ese tiempo lo pasó en cuclillas en el baño intentando sofocar las nauseas. Al regresar a aquel rincón de confidencias Luisa ya estaba terminando de explicar cómo su marido había cobrado una auténtica fortuna de las aseguradoras por el incendio de la fábrica y que, a la vez, había conseguido deshacerse de la plantilla sin soltar un euro, salvo un par de miles que entregó a aquellos albaneses que hicieron el “trabajito”.

  “Disculpen, señoras, ¿necesitan algo más?”, interrumpió el camarero. Esto ayudó milagrosamente a Cuca, pues no tenía nada tan extraordinario que contar. Llevaba solamente un año casada con Omar, un armador libanés del que se enamoró locamente en Londres siendo becaria y  que desde entonces la trata como una princesa. Fue Teresa la que la rebautizó “para que no te confundan con una chacha”, porque su familia siempre la había llamado Paqui.

  Almudena, su mejor amiga y quien la introdujo en el círculo, tampoco había contado su secreto, y en realidad no lo tenía, porque tanto ella como su marido eran arquitectos reconocidos internacionalmente, y si estaba allí de tertulia era sólo porque ambos acordaron que descansara durante el embarazo.

  La conversación se desvió hacia un análisis muy sui generis de la actualidad. Mientras, Cuca, o Paqui, no levantaba la mirada de su iPhone con la excusa de que Omar regresaba de viaje y quería recibirlo en el aeropuerto. “Los trabajadores solamente piden y piden…”, “… no sé donde vamos a llegar con tanto inmigrante suelto…”, “… las manifestaciones deberían estar prohibidas, el tráfico está imposible…”, “… la gente no trabaja porque no quiere …”, “… todo es culpa de Zapatero y los socialistas…”, “… el que quiera un médico que lo pague… “, y otras cosas parecidas la forzaron a fingir un mensaje de su marido y casi saltar del asiento. Corrió hacia la salida mientras las otras cruzaban miradas sin entender.

  Necesitaba hablar con alguien, pulsó el manos libres y buscó en la agenda. Entre los primeros nombres apareció el de su amiga. Tres veces saltó el contestador antes de que Almudena se decidiese a responder. Sabía para qué la llamaba. “¿Qué te parece?¿Qué piensas de todo eso?”, casi le gritó Cuca. Pasaron varios segundos, tantos que pensó que se había cortado la llamada, hasta que se escuchó “… es que…, es que…, son mis amigas y…, ¡no podría volver al club!”.

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La politóloga alemana Elisabeth Noelle-Neumann escribió La Espiral del silencio. Opinión pública: nuestra piel social (1977), un estudio de cómo los individuos adaptan su comportamiento a las actitudes predominantes en el grupo sobre lo que es aceptable y lo que no.

La teoría de la espiral del silencio parte del supuesto básico de que la mayor parte de las personas tienen miedo al aislamiento y, al manifestar sus opiniones primero tratan de identificar las ideas, para luego sumarse a la opinión mayoritaria o consensuada.

En esta disyuntiva, en el caso de una población extensa, la principal fuente de información son los medios de comunicación y estos se encargan de definir el clima de opinión sobre cada asunto.

lunes, 24 de septiembre de 2012

Cámara sellada


William Goldman dirigió “Cámara sellada” en 1996, una película basada en la obra homónima de John Grisham. Chris O’Donell hace el papel de un joven abogado que actúa como defensor de su abuelo, miembro del Ku-kux-klan, encarnado por Gene Hackman. La siempre atractiva Faye Dunaway, tia alcohólica del abogado en la ficción, fue nominada a los premios Razzie como peor actriz secundaria por su mala interpretación.

En estos días, bajo la dirección de Jorge Fernández Díaz, se representará en Madrid una performance con el mismo título, después de que Tim Burton se negase a producir “Mariano Manostijeras” y el fracaso borbónico en el remake de "Mogambo".

Mil extras antidisturbios se encargarán de que nadie se acerque al Congreso. Ojo, eso no incluye a un elevado número de diputados a los que les resultaba suficiente la proximidad de un vigilante de la ORA para no asomarse en meses, y a los que la convocatoria les servirá de excusa para irse a pescar o a las fiestas patronales de Begíjar. Pero, dándole otro hervor a esta reflexión, me doy cuenta de todo lo contrario: ese día no faltará ni uno, porque ese día habrá muchas fotos y muchos videos, y no hay momento más glorioso para ellos que cuando reciben los destellos de los flashes.

La gente se queja de que en el Congreso no se hacen eco de sus quejas, y está muy equivocada. Eco hace casi siempre, porque casi siempre esta medio vacío y retumba.

Más periodistas que diputados

Todos sabemos que en concentraciones de este tipo siempre se cuelan indeseables que acaban enfrentándose con la policía y con los propios convocantes, aunque los organizadores no paran de hacer llamamientos disuasorios. El gobierno también ha actuado, aunque abandonando la persuasión en pos de la persecución, imputando delitos a los activistas por hechos aún no cometidos. Insólito.

Demandar la disolución del Parlamento y la Jefatura del Estado es solicitar un imposible hoy en día, y habría que intentar que estas no fueran las únicas peticiones de las que se hicieran eco los medios, porque hay otras muchas que no deben sonarnos tan utópicas. Esta protesta no es contra este gobierno, que también, sino contra el sistema que lo permite y retroalimenta. Que nos quede claro a todos. Pese a ello no rodarán cabezas, pero sí muchas pelotas de goma.



domingo, 23 de septiembre de 2012

A veces llegan cartas ...


Hace cuarenta años, sin digitalizaciones, lectores ópticos, superprocesadores y todas esas alucinantes maravillas electrónicas con las que hoy contamos, bastaba con poner “Roberto García. Lodosa. Navarra” para que una carta llegara desde una punta a otra de España. Y con humeantes locomotoras o aviones de saldo casi siempre llegaban. Si no daban con el tal, los carteros preguntaban por bares, tiendas, panaderías,…, por “ese Roberto que tiene alguien en Cádiz”, porque de ahí era el matasellos. A la segunda vez ya no había pérdida, porque aún olvidándolo o con cartero nuevo la memoria del vecindario permanecía y alguien recordaría que Roberto recibe cartas desde el sur.

Fuese como fuese, el cartero siempre encontraba al destinatario, y aunque alguna vez se perdiera una carta, contribuyó durante muchos años a mantener tibios los mensajes de amor, a tranquilizar a los padres de quienes estaban en la mili y a repartir por Navidad miles de felicitaciones y participaciones de lotería. Para niños y jóvenes, las postales eran el salvoconducto a los concursos de radio y televisión; y para los amigos la confirmación de que ese fantástico viaje con el que le poníamos los dientes largos no era una invención para darles envidia.

La llegada del cartero era un momento especial cada dia, y si no que se lo pregunten a Lana Turner o a Jessica Lange.

Hoy en día, echar una carta al buzón ofrece parecidas garantías a lanzarla al mar en una botella. El deterioro del servicio público de correos es tan acelerado como la subida de sus precios: ¡un 50% desde que cambiamos de moneda!. Digo yo que, para ser un precio público, es abusivo desviarse 17 puntos por encima de la inflación.  Y no me importaría esos 12 céntimos de más si, al menos, pudiera confiar en un plazo prudencial de entrega, pero tampoco. Ahora eres tú el que tienes que llamar dos veces al cartero.

Tengo un amigo que vive a 8 kilómetros de mi casa, a quien le envío todos los meses una carta. No se la llevo en mano no sé porqué, son sólo 15 minutos en coche, o 25 de autobús urbano, y un cordial recibimiento. La cosa es que de los dos días que años atrás tardaban… ¡seís días!. Y no es que haya sido una excepción, porque ya desde hace tiempo no baja de los cinco días.

Extrañado por la demora, aproveché que tenía que recoger un paquete para preguntar en la oficina de Correos, donde amablemente me atendieron:

   ¿Puso la dirección con letra legible?
   De impresora, arial 12.
   ¿… y el código postal?
   Las cinco cifras, las mismas del mio.
   ¿y el sello?
   Pegado, sin duda.
   ¿... el remitente...?
  ¡Presente!
   Ah, pues..., no sé, …


Clarificador. A la vista de la situación, solamente me quedan dos opciones para que mi envío llegue a tiempo. Una es dedicar una tarde de visita a mi amigo, darle la carta en mano y procurar escapar antes de la segunda cerveza o el cuarto café. La otra, esperar lo poco que queda para que el servicio de correos se ponga a la altura del de Burundi y se devalúe lo justo para ser privatizado, con el correspondiente pelotazo, y vuelva a ser lo que era, porque conserva unas infraestructuras fabulosas. Es cuestión de tiempo. Imagino que el nuevo propietario cambiará el placentero nombre de Correos por uno tan realista como Jodeos.