
Cuca salió algo sofocada de su
habitual lunch en el Club Financiero. Mientras traían su deportivo inglés del
parking, sacó un pequeño espejo de un precioso bolso de Prada para ver si su
rostro reflejaba la indignación que minutos antes había sentido. De puertas para afuera su status le obligaba a un impertérrito
rictus y no podía exteriorizar sus sentimientos, y menos frente a
aquel joven que traia sus llaves y al que podría pagar la nómina
con lo que ella gastaba semanalmente en zapatos.
La luz roja del semáforo y un mendigo
rumano que quiso limpiarle los cristales fueron los únicos testigos de cómo una
minúscula lágrima estuvo a punto de caer hasta su boca. No pudo contenerse.
Pisó a fondo en cuanto cambió a verde y se rompió una uña de la rabia con la
que apretó el volante. “No me lo puedo creer”, susurró.
Meritxell, autoproclamada lideresa
de esa media docena de esposas que todos los martes se reunían para compartir frivolidades
y vanidades, fue la que abrió la espita,
confesando que ella y su marido habían vuelto el día anterior de Zurich
con sus hijos. No se trató de un viaje familiar a los Alpes, pues lo de llevar
a los niños no fue más que para poder repartir los fajos de billetes en las
maletas y los equipos de esquí. Les había funcionado las tres veces anteriores,
y este era el último viaje. Borja, el cuñado de Meritxell, les facilitó el
trabajo para sacar tanto efectivo como para encontrarles el banco en Suiza. Las
cosas están muy feas en España, y nada mejor que poner a salvo el dinero ganado
cuando vendieron los terrenos por donde pasa la autopista. Unos meses antes de
darse a conocer el proyecto, un ingeniero y antiguo novio les pasó la lista de
expropiaciones, y sólo tuvieron que apretar un poco a los propietarios,
asfixiados por la sequía y a los que el banco que Borja dirigía amenzaba con
embargar.
Los ojos de Teresa titilaban desde
antes de tomar la palabra. Tal vez acostumbrada a las subastas de Christie's, a las que acudía asiduamente
como representante de un pujador colombiano al que solamente conocía su marido,
sabía que su puja era más fuerte que la de Meritxell, y eso la excitaba. Con un
remilgado gesto reclamó la atención del grupo, a la vez miraba de reojo a
izquierda y derecha para verificar la confidencialidad de su relato.
Carlos, su esposo, llevaba varios años trabajando con
organizaciones internacionales de ayuda al Tercer Mundo. Se había hecho con los
mejores contratos para suministrar productos cárnicos de sus fábricas con
destino a los países subsaharianos. En las primeras entregas él mismo viajó
acompañando la mercancía, comprobando la ruta y el sistema de reparto. Eso le
sirvió para darse cuenta de que, desde el despiece de la res y empaquetado en la
fábrica hasta su entrega a un hambriento en Burkina Faso, nadie se molestaba en
mirar las etiquetas o comprobar que lo que decían los papeles era lo mismo que
arrojaban a aquella gente desde los camiones. Solamente les interesaba el peso,
y que todos pesaran lo mismo, para que la distribución resultara más
equitativa.
A partir del segundo mes, argumentando una mejor
protección, el plástico del empaquetado pasó a ser negro y de mayor
resistencia, y las etiquetas empezaron a reflejar un peso algo inferior al
real, cosa que a los pagadores les resultó gratificante. Claro está que no
sabían que la opacidad del envoltorio impedía ver que lo que antes eran tacos
de carne fresca ahora eran restos de piel, huesos, tripas y despojos. Había
dado con la fórmula mágica para deshacerse de la basura ganando dinero. “Total,
si esos negros comen hasta gusanos…”, culminó Teresa mientras Cuca se giró de
cintura al sentir que la bilis le llegó ardiendo hasta el esófago.
No pudo escuchar la historia de Ana porque, además de ser
más breve, ese tiempo lo pasó en cuclillas en el baño intentando sofocar las
nauseas. Al regresar a aquel rincón de confidencias Luisa ya estaba terminando
de explicar cómo su marido había cobrado una auténtica fortuna de las
aseguradoras por el incendio de la fábrica y que, a la vez, había conseguido
deshacerse de la plantilla sin soltar un euro, salvo un par de miles que
entregó a aquellos albaneses que hicieron el “trabajito”.
“Disculpen, señoras, ¿necesitan algo más?”, interrumpió el
camarero. Esto ayudó milagrosamente a Cuca, pues no tenía nada tan
extraordinario que contar. Llevaba solamente un año casada con Omar, un armador
libanés del que se enamoró locamente en Londres siendo becaria y que desde entonces la trata como una
princesa. Fue Teresa la que la rebautizó “para que no te confundan con una
chacha”, porque su familia siempre la había llamado Paqui.
Almudena, su mejor amiga y quien la introdujo en el
círculo, tampoco había contado su secreto, y en realidad no lo tenía, porque
tanto ella como su marido eran arquitectos reconocidos internacionalmente, y si
estaba allí de tertulia era sólo porque ambos acordaron que descansara durante el
embarazo.
La conversación se desvió hacia un análisis muy sui generis de la actualidad. Mientras, Cuca, o Paqui, no levantaba la mirada de su iPhone con la excusa de que Omar
regresaba de viaje y quería recibirlo en el aeropuerto. “Los trabajadores solamente piden y piden…”, “… no sé donde vamos a llegar
con tanto inmigrante suelto…”, “… las manifestaciones deberían estar prohibidas,
el tráfico está imposible…”, “… la gente no trabaja porque no quiere …”, “…
todo es culpa de Zapatero y los socialistas…”, “… el que quiera un médico que
lo pague… “, y otras cosas parecidas la forzaron a fingir un mensaje de su
marido y casi saltar del asiento. Corrió hacia la salida mientras las otras
cruzaban miradas sin entender.
Necesitaba hablar con alguien, pulsó el manos libres y
buscó en la agenda. Entre los primeros nombres apareció el de su amiga. Tres
veces saltó el contestador antes de que Almudena se decidiese a responder.
Sabía para qué la llamaba. “¿Qué te parece?¿Qué piensas de todo eso?”, casi le
gritó Cuca. Pasaron varios segundos, tantos que pensó que se había cortado la
llamada, hasta que se escuchó “… es que…, es que…, son mis amigas y…, ¡no
podría volver al club!”.
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La politóloga alemana Elisabeth Noelle-Neumann escribió La Espiral del silencio. Opinión pública:
nuestra piel social (1977), un estudio de cómo los individuos adaptan su
comportamiento a las actitudes predominantes en el grupo sobre lo que es
aceptable y lo que no.
La teoría de la espiral del silencio parte del supuesto
básico de que la mayor parte de las personas tienen miedo al aislamiento y, al
manifestar sus opiniones primero tratan de identificar las ideas, para luego
sumarse a la opinión mayoritaria o consensuada.
En esta disyuntiva, en el caso de una población extensa, la
principal fuente de información son los medios de comunicación y estos se
encargan de definir el clima de opinión sobre cada asunto.