domingo, 30 de septiembre de 2012

Pretoriano


Qué duro debe ser romperle la frente a golpes a quien protesta armado solamente con su garganta, sobre todo si tú mismo te has estado quejando antes de ponerte el casco y los guantes de cuero, sobre todo si anoche, antes de dormir, tu esposa te contaba que se le había ido un dineral en las cosas del cole de las niñas. Y tú, solo Dios sabe porqué, estampaste esa fría barra negra en la frente de aquel chaval que gritaba “¡no a los recor…!”. Sin dejarle terminar convertiste su cabeza en un manantial de roja indignación.

Había llegado desde un pequeño pueblo de Granada donde trabaja como maestro de niños, aunque él siempre presume de su origen gaditano. En esta ocasión no quiso lucir su camiseta amarilla, porque no estaba de ánimos con tanto bajarle el sueldo y subirle los precios. Tampoco quería que alguien se la estropeara: la conserva como una reliquia desde que su padre se la regaló con la firma de Mágico González. Qué casualidad, si no fuera porque obligatoriamente tenías que viajar en esa jaula con ruedas incluso podrías haber compartido coche y frustraciones entre Granada y Madrid.

Seguramente, mientras malcomías el bocadillo de jamón y las dos manzanas que te dieron para aguantar todo el día, en algún remanso dentro de toda aquella confusión recordaste aquellas pupilas de pánico clavadas en tu mano derecha, y cómo explotaste toda la ira en su rostro.

Agotados, en el camino de vuelta no cruzasteis palabra, y ni siquiera el ruido del motor apagó esas respiraciones agitadas. Llamaste a casa, tu mujer ansiaba esa llamada porque la radio alertó de policías heridos y ni tiempo tuviste para tranquilizarla. “Tranquilo, mi amor, las niñas no han visto nada”.

Hoy te levantaste tarde, tenías el día libre por lo de ayer, y saliste con el tiempo justo para recoger a la más pequeña. Estabas deseando verla, tanto que te alarmaste por no saber quién era aquel que, agachado junto a tu hija, le colocaba bien la mochila y abotonaba su rebequita. Solamente al alcanzarla pudiste entenderlo todo, e incluso te chirriaron los oídos cuando te decía “Mira papi, Roberto el profe se ha hecho pupa”.

“Sí, cariño, papi ya lo sabía, se lo hizo un hombre malo”. Es demasiado pequeña para entender ese apretón de manos y esos ojos nublados.


sábado, 29 de septiembre de 2012

Espiral



    Cuca salió algo sofocada de su habitual lunch en el Club Financiero. Mientras traían su deportivo inglés del parking, sacó un pequeño espejo de  un precioso bolso de Prada para ver si su rostro reflejaba la indignación que minutos antes había sentido. De puertas para afuera su status le obligaba a un impertérrito rictus y no podía exteriorizar sus sentimientos, y menos frente a aquel joven que traia sus llaves y al que podría pagar la nómina con lo que ella gastaba semanalmente en zapatos.

 La luz roja del semáforo y un mendigo rumano que quiso limpiarle los cristales fueron los únicos testigos de cómo una minúscula lágrima estuvo a punto de caer hasta su boca. No pudo contenerse. Pisó a fondo en cuanto cambió a verde y se rompió una uña de la rabia con la que apretó el volante. “No me lo puedo creer”, susurró.

  Meritxell, autoproclamada lideresa de esa media docena de esposas que todos los martes se reunían para compartir frivolidades y vanidades, fue la que abrió la espita,  confesando que ella y su marido habían vuelto el día anterior de Zurich con sus hijos. No se trató de un viaje familiar a los Alpes, pues lo de llevar a los niños no fue más que para poder repartir los fajos de billetes en las maletas y los equipos de esquí. Les había funcionado las tres veces anteriores, y este era el último viaje. Borja, el cuñado de Meritxell, les facilitó el trabajo para sacar tanto efectivo como para encontrarles el banco en Suiza. Las cosas están muy feas en España, y nada mejor que poner a salvo el dinero ganado cuando vendieron los terrenos por donde pasa la autopista. Unos meses antes de darse a conocer el proyecto, un ingeniero y antiguo novio les pasó la lista de expropiaciones, y sólo tuvieron que apretar un poco a los propietarios, asfixiados por la sequía y a los que el banco que Borja dirigía amenzaba con embargar.

  Los ojos de Teresa titilaban desde antes de tomar la palabra. Tal vez acostumbrada a las subastas de Christie's, a las que acudía asiduamente como representante de un pujador colombiano al que solamente conocía su marido, sabía que su puja era más fuerte que la de Meritxell, y eso la excitaba. Con un remilgado gesto reclamó la atención del grupo, a la vez miraba de reojo a izquierda y derecha para verificar la confidencialidad de su relato.

  Carlos, su esposo, llevaba varios años trabajando con organizaciones internacionales de ayuda al Tercer Mundo. Se había hecho con los mejores contratos para suministrar productos cárnicos de sus fábricas con destino a los países subsaharianos. En las primeras entregas él mismo viajó acompañando la mercancía, comprobando la ruta y el sistema de reparto. Eso le sirvió para darse cuenta de que, desde el despiece de la res y empaquetado en la fábrica hasta su entrega a un hambriento en Burkina Faso, nadie se molestaba en mirar las etiquetas o comprobar que lo que decían los papeles era lo mismo que arrojaban a aquella gente desde los camiones. Solamente les interesaba el peso, y que todos pesaran lo mismo, para que la distribución resultara más equitativa.

  A partir del segundo mes, argumentando una mejor protección, el plástico del empaquetado pasó a ser negro y de mayor resistencia, y las etiquetas empezaron a reflejar un peso algo inferior al real, cosa que a los pagadores les resultó gratificante. Claro está que no sabían que la opacidad del envoltorio impedía ver que lo que antes eran tacos de carne fresca ahora eran restos de piel, huesos, tripas y despojos. Había dado con la fórmula mágica para deshacerse de la basura ganando dinero. “Total, si esos negros comen hasta gusanos…”, culminó Teresa mientras Cuca se giró de cintura al sentir que la bilis le llegó ardiendo hasta el esófago.

  No pudo escuchar la historia de Ana porque, además de ser más breve, ese tiempo lo pasó en cuclillas en el baño intentando sofocar las nauseas. Al regresar a aquel rincón de confidencias Luisa ya estaba terminando de explicar cómo su marido había cobrado una auténtica fortuna de las aseguradoras por el incendio de la fábrica y que, a la vez, había conseguido deshacerse de la plantilla sin soltar un euro, salvo un par de miles que entregó a aquellos albaneses que hicieron el “trabajito”.

  “Disculpen, señoras, ¿necesitan algo más?”, interrumpió el camarero. Esto ayudó milagrosamente a Cuca, pues no tenía nada tan extraordinario que contar. Llevaba solamente un año casada con Omar, un armador libanés del que se enamoró locamente en Londres siendo becaria y  que desde entonces la trata como una princesa. Fue Teresa la que la rebautizó “para que no te confundan con una chacha”, porque su familia siempre la había llamado Paqui.

  Almudena, su mejor amiga y quien la introdujo en el círculo, tampoco había contado su secreto, y en realidad no lo tenía, porque tanto ella como su marido eran arquitectos reconocidos internacionalmente, y si estaba allí de tertulia era sólo porque ambos acordaron que descansara durante el embarazo.

  La conversación se desvió hacia un análisis muy sui generis de la actualidad. Mientras, Cuca, o Paqui, no levantaba la mirada de su iPhone con la excusa de que Omar regresaba de viaje y quería recibirlo en el aeropuerto. “Los trabajadores solamente piden y piden…”, “… no sé donde vamos a llegar con tanto inmigrante suelto…”, “… las manifestaciones deberían estar prohibidas, el tráfico está imposible…”, “… la gente no trabaja porque no quiere …”, “… todo es culpa de Zapatero y los socialistas…”, “… el que quiera un médico que lo pague… “, y otras cosas parecidas la forzaron a fingir un mensaje de su marido y casi saltar del asiento. Corrió hacia la salida mientras las otras cruzaban miradas sin entender.

  Necesitaba hablar con alguien, pulsó el manos libres y buscó en la agenda. Entre los primeros nombres apareció el de su amiga. Tres veces saltó el contestador antes de que Almudena se decidiese a responder. Sabía para qué la llamaba. “¿Qué te parece?¿Qué piensas de todo eso?”, casi le gritó Cuca. Pasaron varios segundos, tantos que pensó que se había cortado la llamada, hasta que se escuchó “… es que…, es que…, son mis amigas y…, ¡no podría volver al club!”.

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La politóloga alemana Elisabeth Noelle-Neumann escribió La Espiral del silencio. Opinión pública: nuestra piel social (1977), un estudio de cómo los individuos adaptan su comportamiento a las actitudes predominantes en el grupo sobre lo que es aceptable y lo que no.

La teoría de la espiral del silencio parte del supuesto básico de que la mayor parte de las personas tienen miedo al aislamiento y, al manifestar sus opiniones primero tratan de identificar las ideas, para luego sumarse a la opinión mayoritaria o consensuada.

En esta disyuntiva, en el caso de una población extensa, la principal fuente de información son los medios de comunicación y estos se encargan de definir el clima de opinión sobre cada asunto.

lunes, 24 de septiembre de 2012

Cámara sellada


William Goldman dirigió “Cámara sellada” en 1996, una película basada en la obra homónima de John Grisham. Chris O’Donell hace el papel de un joven abogado que actúa como defensor de su abuelo, miembro del Ku-kux-klan, encarnado por Gene Hackman. La siempre atractiva Faye Dunaway, tia alcohólica del abogado en la ficción, fue nominada a los premios Razzie como peor actriz secundaria por su mala interpretación.

En estos días, bajo la dirección de Jorge Fernández Díaz, se representará en Madrid una performance con el mismo título, después de que Tim Burton se negase a producir “Mariano Manostijeras” y el fracaso borbónico en el remake de "Mogambo".

Mil extras antidisturbios se encargarán de que nadie se acerque al Congreso. Ojo, eso no incluye a un elevado número de diputados a los que les resultaba suficiente la proximidad de un vigilante de la ORA para no asomarse en meses, y a los que la convocatoria les servirá de excusa para irse a pescar o a las fiestas patronales de Begíjar. Pero, dándole otro hervor a esta reflexión, me doy cuenta de todo lo contrario: ese día no faltará ni uno, porque ese día habrá muchas fotos y muchos videos, y no hay momento más glorioso para ellos que cuando reciben los destellos de los flashes.

La gente se queja de que en el Congreso no se hacen eco de sus quejas, y está muy equivocada. Eco hace casi siempre, porque casi siempre esta medio vacío y retumba.

Más periodistas que diputados

Todos sabemos que en concentraciones de este tipo siempre se cuelan indeseables que acaban enfrentándose con la policía y con los propios convocantes, aunque los organizadores no paran de hacer llamamientos disuasorios. El gobierno también ha actuado, aunque abandonando la persuasión en pos de la persecución, imputando delitos a los activistas por hechos aún no cometidos. Insólito.

Demandar la disolución del Parlamento y la Jefatura del Estado es solicitar un imposible hoy en día, y habría que intentar que estas no fueran las únicas peticiones de las que se hicieran eco los medios, porque hay otras muchas que no deben sonarnos tan utópicas. Esta protesta no es contra este gobierno, que también, sino contra el sistema que lo permite y retroalimenta. Que nos quede claro a todos. Pese a ello no rodarán cabezas, pero sí muchas pelotas de goma.



domingo, 23 de septiembre de 2012

A veces llegan cartas ...


Hace cuarenta años, sin digitalizaciones, lectores ópticos, superprocesadores y todas esas alucinantes maravillas electrónicas con las que hoy contamos, bastaba con poner “Roberto García. Lodosa. Navarra” para que una carta llegara desde una punta a otra de España. Y con humeantes locomotoras o aviones de saldo casi siempre llegaban. Si no daban con el tal, los carteros preguntaban por bares, tiendas, panaderías,…, por “ese Roberto que tiene alguien en Cádiz”, porque de ahí era el matasellos. A la segunda vez ya no había pérdida, porque aún olvidándolo o con cartero nuevo la memoria del vecindario permanecía y alguien recordaría que Roberto recibe cartas desde el sur.

Fuese como fuese, el cartero siempre encontraba al destinatario, y aunque alguna vez se perdiera una carta, contribuyó durante muchos años a mantener tibios los mensajes de amor, a tranquilizar a los padres de quienes estaban en la mili y a repartir por Navidad miles de felicitaciones y participaciones de lotería. Para niños y jóvenes, las postales eran el salvoconducto a los concursos de radio y televisión; y para los amigos la confirmación de que ese fantástico viaje con el que le poníamos los dientes largos no era una invención para darles envidia.

La llegada del cartero era un momento especial cada dia, y si no que se lo pregunten a Lana Turner o a Jessica Lange.

Hoy en día, echar una carta al buzón ofrece parecidas garantías a lanzarla al mar en una botella. El deterioro del servicio público de correos es tan acelerado como la subida de sus precios: ¡un 50% desde que cambiamos de moneda!. Digo yo que, para ser un precio público, es abusivo desviarse 17 puntos por encima de la inflación.  Y no me importaría esos 12 céntimos de más si, al menos, pudiera confiar en un plazo prudencial de entrega, pero tampoco. Ahora eres tú el que tienes que llamar dos veces al cartero.

Tengo un amigo que vive a 8 kilómetros de mi casa, a quien le envío todos los meses una carta. No se la llevo en mano no sé porqué, son sólo 15 minutos en coche, o 25 de autobús urbano, y un cordial recibimiento. La cosa es que de los dos días que años atrás tardaban… ¡seís días!. Y no es que haya sido una excepción, porque ya desde hace tiempo no baja de los cinco días.

Extrañado por la demora, aproveché que tenía que recoger un paquete para preguntar en la oficina de Correos, donde amablemente me atendieron:

   ¿Puso la dirección con letra legible?
   De impresora, arial 12.
   ¿… y el código postal?
   Las cinco cifras, las mismas del mio.
   ¿y el sello?
   Pegado, sin duda.
   ¿... el remitente...?
  ¡Presente!
   Ah, pues..., no sé, …


Clarificador. A la vista de la situación, solamente me quedan dos opciones para que mi envío llegue a tiempo. Una es dedicar una tarde de visita a mi amigo, darle la carta en mano y procurar escapar antes de la segunda cerveza o el cuarto café. La otra, esperar lo poco que queda para que el servicio de correos se ponga a la altura del de Burundi y se devalúe lo justo para ser privatizado, con el correspondiente pelotazo, y vuelva a ser lo que era, porque conserva unas infraestructuras fabulosas. Es cuestión de tiempo. Imagino que el nuevo propietario cambiará el placentero nombre de Correos por uno tan realista como Jodeos.






martes, 18 de septiembre de 2012

Мир (paz)


Este verano volvieron a Cádiz muchos de los veleros que ya tuve la suerte de conocer veinte años antes, en la Gran Regata Colón 92. Tal vez la crisis económica, que tiene al mundo con las orejas gachas, tal vez la menor relevancia internacional del evento o la pésima campaña de comunicación, o todo junto, motivaron importantes ausencias, especialmente de países latinoamericanos. La Constitución de 1812 no sólo contó entre sus redactores con diputados americanos, sino que abolía los cuatro virreinatos y promulgaba que “La Nación Española es la unión de todos los españoles de ambos hemisferios”. Claro que por aquel entonces no había personajes como el Chavez, la Kirchner, el Morales o los de aquí que me ahorro nombrar.

Gente, eso sí, había hasta para regalar.

En la guerra de seguidores en Facebook, La Pepa queda muy por detrás de féminas con menor sustancia pero mayor penetración marujil, como La Belén (Esteban), que multiplica por ocho, o La Rosa (Benito) que triplica el número de adeptos. Algo no funcionó en la organización para tener tan paupérrimo lugar en este frikiranking. Reconozco mi sobredosis de sarcasmo, porque tampoco supimos aquí nada de eventos conmemorativos de las batallas de Zitácuaro o Tucumán, de las que también hace 200 años, o del quinto centenario de la conquista de Navarra. En cambio, pese a ser la mitad, el centenario de la tragedia del Titanic ha dado muchísimo más que hablar, y la exposición temática que estará hasta finales de septiembre en el Museo Náutico de Barcelona cuenta con más de cinco mil seguidores en la misma red social.

Paseando por el muelle que es el puerto, pero no El Puerto, como dice ese texto tan simpático sobre nuestra forma de entender el español en Cai que pulula por el ciberespacio, volví a disfrutar especialmente de tres navíos (y dieciocho mil empujones).

El primero de ellos, tanto en afecto como en mi orden de visita, era nuestro Juan Sebastián De Elcano. Es curioso lo que me pasa con este barco, aunque tal vez no me pase sólo a mi: hasta que no lo veo rodeado de otros grandes veleros no me doy cuenta de su majestuosidad, de su belleza plástica. Además, me encanta ver esa descomunal bandera española sin pollo y esa cercanía al pueblo de su tripulación. Lo que menos me gusta es lo redundante que suena eso de “¡mira el Elcano!”, y me solidarizo con los que, tirando por la calle de enmedio  llaman a nuestro buque “el cano”. Si Manuel Benítez es "El Cordobés"; Santiago Martín "El viti"; qué menos que Juan Sebastián sea "El Cano".

Siguió nuestro paseo por aquella esquina nauticorenacentista de la dársena: del herreriano Elcano al churriguerresco Amerigo Vespucci, el sanctasanctórum de los botelloneros, por su excepcional parecido al de la amarilla etiqueta de un whisky de “medio pelo”. Creo que las jovencitas se acercaban a esta impresionante fragata ansiosas por ver a Johnny Depp vestido de pirata, y nueve cubatas más tardes acababan con otro “pirata”, más al estilo de Johnny Roqueta. Un navío espectacular y muy cerca de las carpas de la marcha nocturna.

Entre los italianos y mi tercer objetivo se encontraba el barco polaco, con un nombre que para pronunciarlo hay que retorcer la lengua como un epiléptico (con perdón).

El último, al final del muelle Reina Victoria,  el Mir (Мир) del la Academia Estatal Marítima Almirante Makarov de San Petersburgo. Este año tenía muchas ganas de acercarme a él, ya que teniendo mi particular intérprete cabía la posibilidad de agenciarme un llaverito o una gorra, pero tampoco. Tonterías aparte, lo que más me gustó siempre de este barco es su nombre. Para quien no lo sepa, Мир significa paz (y también mundo), y creo que no hay nombre más bello para bautizar a una embajada flotante, a un barco que nació como buque escuela de la armada soviética y ahora es embajador ruso de buena voluntad. El mismo nombre recibió la primera estación espacial de investigación habitada de forma permanente de la historia, ya destruida, que Rusia heredó de la Unión Soviética.

Hablando de Cádiz, de embajadas y de paz, y ahora que se acerca su cumpleaños, no puedo evitar hablar de la nieta de quien fue tramoyista del Gran Teatro Falla. Y es que días atrás tuve la osadía de encender la tele después de comer y sintonizar el canal estrella del gurú de la telebasura. Vasile, que en mi tierra suena a chulería, es un artista a la hora de encontrar “máquinas de hacer dinero”; es decir, personajillos con un caché tan bajo como sus escrúpulos pero que hacen subir la audiencia como la espuma con disputas de verduleras y comedias barriobajeras. Ya nombré antes a dos de ellas, que en seguidores superan a La Pepa y convierten en Audrey Hepburn a  La Pepi del Selu.

Y entre ese ganado, para mi sorpresa, me encuentro a la que fue auxiliar clínica metida a cómica y que tanto éxito cosecho con sus chistes, sus palabrotas y sus modales de farota. España entera se reía a carcajadas con ella, aunque es cierto que en Cádiz no eran tan fuertes las risotadas. Como ella las encuentras a manojitos en cualquier puesto de la plaza, limpiando una escalera, vendiendo lotería clandestina o haciendo churros. Y mucho mejor que ella, el mariquita más soso de Cádiz. A pesar de todo, esta patilarga pasilarga fue durante un tiempo una simpática embajadora de la argéntea tacita.

Como no tengo un duro y el banco no tiene nada que hacer, sin pudor sí dejé que me embargara la curiosidad, y relajé mis mecanismos de defensa para dedicarme a la contemplación. He de decir que no ha malgastado el dinerito que ha sacado en su vida mediática, y que los años no le han sentado mal. Incluso la vi con más carnes, guapetona, una jaquetona, como diría mi amigo Blas; porque cuando el Saque bola se parecía a la novia de Popeye, pero con las napias de “tomamoreno” Rockefeller. Estaba mejor, pero sigo estando seguro que lo de “…mi rosita temprana, la flor más bella de Andalucía… “ no iba por ella.

Pero las metamorfosis tienen efectos perniciosos y difícilmente controlables. Fíjense en Ovidio, que no se quedó tranquilo hasta convertir en estrella el alma de Julio Cesar. Y nuestra estrella caletera no iba a ser menos. Increíblemente, o por un brutal ataque de amnesia, en la hora y pico que aguanté no dijo ni una vez shosho, pisha o cohone. El “irua irua”, se había convertido en “mira tú”, el “fitetú” en “fijaos” y los fonemas “gaditas” no aparecían ni en publicidad. El ceceo tornó en exagerado seseo, aunque con esa especie de parálisis del labio inferior, muy a lo pijo, parece un xexeo. Ahora habla como de por ahí, pero no sé de donde. Sonaba raro lo de “noticia zenzacioná”, pero es que más raro me suena “notixias xenxaxionásls” o algo parecido, porque transcribirlo resulta ardua tarea.


Yo sé que telecirco sabe hacer rentable a sus personajes, y si ya sacaron los colchones con Constantino y las sartenes con Belén, pronto sacarán el iPaz, un traductor electrónico del español al pijocateto.

No te veo en ese papel de tecnocelestina, lo siento, y me gustabas más, pero sin apasionarme, contando chistes con tu humor gordo. Y si te digo la verdad, ahora me cuesta menos entender la Мир rusa que la Paz gaditana.