Este
verano volvieron a Cádiz muchos de los veleros que ya tuve la suerte de conocer
veinte años antes, en la Gran Regata Colón 92. Tal vez la crisis económica, que
tiene al mundo con las orejas gachas, tal vez la menor relevancia internacional del
evento o la pésima campaña de comunicación, o todo junto, motivaron importantes
ausencias, especialmente de países latinoamericanos. La Constitución de 1812 no
sólo contó entre sus redactores con diputados americanos, sino que abolía los
cuatro virreinatos y promulgaba que “La
Nación Española es la unión de todos los españoles de ambos hemisferios”. Claro
que por aquel entonces no había personajes como el Chavez, la Kirchner, el
Morales o los de aquí que me ahorro nombrar.
Gente,
eso sí, había hasta para regalar.
En
la guerra de seguidores en Facebook, La Pepa queda muy por detrás de féminas
con menor sustancia pero mayor penetración marujil,
como La Belén (Esteban), que
multiplica por ocho, o La Rosa
(Benito) que triplica el número de adeptos. Algo no funcionó en la organización
para tener tan paupérrimo lugar en este frikiranking.
Reconozco mi sobredosis de sarcasmo, porque tampoco supimos aquí nada de
eventos conmemorativos de las batallas de Zitácuaro o Tucumán, de las que
también hace 200 años, o del quinto centenario de la conquista de Navarra. En
cambio, pese a ser la mitad, el centenario de la tragedia del Titanic ha dado muchísimo más que
hablar, y la exposición temática que estará hasta finales de septiembre en el Museo Náutico de Barcelona
cuenta con más de cinco mil seguidores en la misma red social.
Paseando
por el muelle que es el puerto, pero no El Puerto, como dice ese texto tan
simpático sobre nuestra forma de entender el español en Cai que pulula por el ciberespacio, volví a disfrutar especialmente de tres navíos (y dieciocho
mil empujones).
El
primero de ellos, tanto en afecto como en mi orden de visita, era nuestro Juan
Sebastián De Elcano. Es curioso lo que me pasa con este barco, aunque tal vez
no me pase sólo a mi: hasta que no lo veo rodeado de otros grandes veleros no
me doy cuenta de su majestuosidad, de su belleza plástica. Además, me encanta
ver esa descomunal bandera española sin pollo y esa cercanía al pueblo de su
tripulación. Lo que menos me gusta es lo redundante que suena eso de “¡mira el Elcano!”, y me solidarizo con
los que, tirando por la calle de enmedio llaman a nuestro buque “el cano”. Si Manuel Benítez es "El Cordobés"; Santiago Martín "El viti"; qué menos que Juan Sebastián sea "El Cano".
Siguió
nuestro paseo por aquella esquina nauticorenacentista
de la dársena: del herreriano Elcano
al churriguerresco Amerigo Vespucci,
el sanctasanctórum de los botelloneros, por su excepcional parecido al de la
amarilla etiqueta de un whisky de “medio pelo”. Creo que las jovencitas se
acercaban a esta impresionante fragata ansiosas por ver a Johnny Depp vestido
de pirata, y nueve cubatas más tardes acababan con otro “pirata”, más al estilo
de Johnny Roqueta. Un navío espectacular y muy cerca de las carpas de la marcha nocturna.
Entre
los italianos y mi tercer objetivo se encontraba el barco polaco, con un nombre
que para pronunciarlo hay que retorcer la lengua como un epiléptico (con
perdón).

El
último, al final del muelle Reina Victoria, el Mir (Мир) del la Academia Estatal Marítima
Almirante Makarov de San Petersburgo. Este año tenía muchas ganas de acercarme
a él, ya que teniendo mi particular intérprete cabía la posibilidad de
agenciarme un llaverito o una gorra, pero tampoco. Tonterías aparte, lo que más
me gustó siempre de este barco es su nombre. Para quien no lo sepa, Мир
significa
paz (y también
mundo), y creo que no hay nombre más
bello para bautizar a una embajada flotante, a un barco que nació como buque
escuela de la armada soviética y ahora es embajador ruso de buena voluntad. El
mismo nombre recibió la primera estación espacial de investigación habitada de
forma permanente de la historia, ya destruida, que Rusia heredó de la Unión
Soviética.
Hablando
de Cádiz, de embajadas y de paz, y ahora que se acerca su cumpleaños, no puedo
evitar hablar de la nieta de quien fue tramoyista del Gran Teatro Falla. Y es que días
atrás tuve la osadía de encender la tele después de comer y sintonizar el canal
estrella del gurú de la telebasura.
Vasile, que en mi tierra suena a chulería, es un artista a la hora de encontrar
“máquinas de hacer dinero”; es decir,
personajillos con un caché tan bajo como sus escrúpulos pero que hacen subir la
audiencia como la espuma con disputas de verduleras y comedias barriobajeras.
Ya nombré antes a dos de ellas, que en seguidores superan a La Pepa y convierten en Audrey Hepburn a La Pepi del Selu.

Y
entre ese ganado, para mi sorpresa, me encuentro a la que fue auxiliar clínica
metida a cómica y que tanto éxito cosecho con sus chistes, sus palabrotas y sus
modales de farota. España entera se reía a carcajadas con ella, aunque es
cierto que en Cádiz no eran tan fuertes las risotadas. Como ella las
encuentras a manojitos en cualquier puesto de
la plaza, limpiando una escalera, vendiendo lotería clandestina o haciendo churros.
Y mucho mejor que ella, el mariquita más soso de Cádiz. A pesar de todo, esta
patilarga pasilarga fue durante un
tiempo una simpática embajadora de la argéntea tacita.
Como
no tengo un duro y el banco no tiene nada que hacer, sin pudor sí dejé que me embargara la curiosidad, y relajé mis mecanismos de defensa para dedicarme a la
contemplación. He de decir que no ha malgastado el dinerito que ha sacado en su
vida mediática, y que los años no le han sentado mal. Incluso la vi con más
carnes, guapetona, una jaquetona,
como diría mi amigo Blas; porque cuando el Saque
bola se parecía a la novia de Popeye, pero con las napias de “tomamoreno” Rockefeller. Estaba mejor,
pero sigo estando seguro que lo de “…mi
rosita temprana, la flor más bella de Andalucía… “ no iba por ella.
Pero
las metamorfosis tienen efectos perniciosos y difícilmente controlables. Fíjense
en Ovidio, que no se quedó tranquilo hasta convertir en estrella el alma de
Julio Cesar. Y nuestra estrella caletera
no iba a ser menos. Increíblemente, o por un brutal ataque de amnesia, en la
hora y pico que aguanté no dijo ni una vez shosho,
pisha o cohone. El “irua irua”,
se había convertido en “mira tú”, el “fitetú” en “fijaos” y los fonemas “gaditas”
no aparecían ni en publicidad. El ceceo tornó en exagerado seseo, aunque con
esa especie de parálisis del labio inferior, muy a lo pijo, parece un xexeo. Ahora habla como de por ahí, pero
no sé de donde. Sonaba raro lo de “noticia
zenzacioná”, pero es que más raro me suena “notixias xenxaxionásls” o algo parecido, porque transcribirlo
resulta ardua tarea.
Yo
sé que telecirco sabe hacer rentable
a sus personajes, y si ya sacaron los colchones con Constantino y las sartenes
con Belén, pronto sacarán el iPaz, un traductor electrónico del español al pijocateto.
No
te veo en ese papel de tecnocelestina,
lo siento, y me gustabas más, pero sin apasionarme, contando chistes con tu humor gordo. Y si te digo la verdad,
ahora me cuesta menos entender la Мир rusa que la Paz gaditana.