Hace
cuarenta años, sin digitalizaciones, lectores ópticos, superprocesadores y
todas esas alucinantes maravillas electrónicas con las que hoy contamos, bastaba con poner “Roberto García. Lodosa. Navarra” para que una carta llegara desde
una punta a otra de España. Y con humeantes locomotoras o aviones de saldo casi
siempre llegaban. Si no daban con el tal, los carteros preguntaban por bares,
tiendas, panaderías,…, por “ese Roberto
que tiene alguien en Cádiz”, porque de ahí era el matasellos. A la
segunda vez ya no había pérdida, porque aún olvidándolo o con cartero nuevo la
memoria del vecindario permanecía y alguien recordaría que Roberto recibe
cartas desde el sur.
Fuese como fuese, el cartero siempre encontraba al destinatario, y aunque alguna vez
se perdiera una carta, contribuyó durante muchos años a mantener tibios los
mensajes de amor, a tranquilizar a los padres de quienes estaban en la mili y a
repartir por Navidad miles de felicitaciones y participaciones de lotería. Para
niños y jóvenes, las postales eran el salvoconducto a los concursos de radio y televisión; y para los amigos la confirmación de que ese fantástico viaje con
el que le poníamos los dientes largos no era una invención para darles envidia.
La
llegada del cartero era un momento especial cada dia, y si no que se lo
pregunten a Lana Turner o a Jessica Lange.
Hoy
en día, echar una carta al buzón ofrece parecidas garantías a lanzarla al mar en
una botella. El deterioro del servicio público de correos es tan
acelerado como la subida de sus precios: ¡un 50% desde que cambiamos de
moneda!. Digo yo que, para ser un precio público, es abusivo desviarse 17
puntos por encima de la inflación. Y no
me importaría esos 12 céntimos de más si, al menos, pudiera confiar en un plazo prudencial de entrega, pero tampoco. Ahora eres tú el que tienes que llamar dos veces al cartero.
Tengo
un amigo que vive a 8 kilómetros de mi casa, a quien le envío todos los meses
una carta. No se la llevo en mano no sé porqué, son sólo 15 minutos en coche,
o 25 de autobús urbano, y un cordial recibimiento. La cosa es que de los dos
días que años atrás tardaban… ¡seís días!. Y no es que haya sido una excepción,
porque ya desde hace tiempo no baja de los cinco
días.
Extrañado
por la demora, aproveché que tenía que recoger un paquete para preguntar en la
oficina de Correos, donde amablemente me atendieron:
—
¿Puso la dirección con letra legible?
—
De impresora, arial 12.
—
¿… y el código postal?
—
Las cinco cifras, las mismas del mio.
—
¿y el sello?
—
Pegado, sin duda.
— ¿... el remitente...?
— ¡Presente!
—
Ah, pues..., no sé, …
Clarificador. A la vista de la situación, solamente
me quedan dos opciones para que mi envío llegue a tiempo. Una es dedicar una tarde de visita a mi amigo, darle la carta en mano y procurar
escapar antes de la segunda cerveza o el cuarto café. La otra, esperar lo poco
que queda para que el servicio de correos se ponga a la altura del de Burundi y se devalúe lo justo para ser privatizado, con el correspondiente
pelotazo, y vuelva a ser lo que era, porque conserva unas infraestructuras
fabulosas. Es cuestión de tiempo. Imagino que el nuevo propietario cambiará el
placentero nombre de Correos por uno
tan realista como Jodeos.


No hay comentarios:
Publicar un comentario
Opino que ...