domingo, 23 de septiembre de 2012

A veces llegan cartas ...


Hace cuarenta años, sin digitalizaciones, lectores ópticos, superprocesadores y todas esas alucinantes maravillas electrónicas con las que hoy contamos, bastaba con poner “Roberto García. Lodosa. Navarra” para que una carta llegara desde una punta a otra de España. Y con humeantes locomotoras o aviones de saldo casi siempre llegaban. Si no daban con el tal, los carteros preguntaban por bares, tiendas, panaderías,…, por “ese Roberto que tiene alguien en Cádiz”, porque de ahí era el matasellos. A la segunda vez ya no había pérdida, porque aún olvidándolo o con cartero nuevo la memoria del vecindario permanecía y alguien recordaría que Roberto recibe cartas desde el sur.

Fuese como fuese, el cartero siempre encontraba al destinatario, y aunque alguna vez se perdiera una carta, contribuyó durante muchos años a mantener tibios los mensajes de amor, a tranquilizar a los padres de quienes estaban en la mili y a repartir por Navidad miles de felicitaciones y participaciones de lotería. Para niños y jóvenes, las postales eran el salvoconducto a los concursos de radio y televisión; y para los amigos la confirmación de que ese fantástico viaje con el que le poníamos los dientes largos no era una invención para darles envidia.

La llegada del cartero era un momento especial cada dia, y si no que se lo pregunten a Lana Turner o a Jessica Lange.

Hoy en día, echar una carta al buzón ofrece parecidas garantías a lanzarla al mar en una botella. El deterioro del servicio público de correos es tan acelerado como la subida de sus precios: ¡un 50% desde que cambiamos de moneda!. Digo yo que, para ser un precio público, es abusivo desviarse 17 puntos por encima de la inflación.  Y no me importaría esos 12 céntimos de más si, al menos, pudiera confiar en un plazo prudencial de entrega, pero tampoco. Ahora eres tú el que tienes que llamar dos veces al cartero.

Tengo un amigo que vive a 8 kilómetros de mi casa, a quien le envío todos los meses una carta. No se la llevo en mano no sé porqué, son sólo 15 minutos en coche, o 25 de autobús urbano, y un cordial recibimiento. La cosa es que de los dos días que años atrás tardaban… ¡seís días!. Y no es que haya sido una excepción, porque ya desde hace tiempo no baja de los cinco días.

Extrañado por la demora, aproveché que tenía que recoger un paquete para preguntar en la oficina de Correos, donde amablemente me atendieron:

   ¿Puso la dirección con letra legible?
   De impresora, arial 12.
   ¿… y el código postal?
   Las cinco cifras, las mismas del mio.
   ¿y el sello?
   Pegado, sin duda.
   ¿... el remitente...?
  ¡Presente!
   Ah, pues..., no sé, …


Clarificador. A la vista de la situación, solamente me quedan dos opciones para que mi envío llegue a tiempo. Una es dedicar una tarde de visita a mi amigo, darle la carta en mano y procurar escapar antes de la segunda cerveza o el cuarto café. La otra, esperar lo poco que queda para que el servicio de correos se ponga a la altura del de Burundi y se devalúe lo justo para ser privatizado, con el correspondiente pelotazo, y vuelva a ser lo que era, porque conserva unas infraestructuras fabulosas. Es cuestión de tiempo. Imagino que el nuevo propietario cambiará el placentero nombre de Correos por uno tan realista como Jodeos.






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