Qué
pobre es un país, qué analfabeto es un pueblo que ve la paja en el ojo ajeno,
aunque el ojo sea electrónico. Debe ser nuestra sangre latina la que lleve tan
elevado índice de magnetismo por lo morboso, porque de otra forma me costaría
entender tanto revuelo.
Y todo por un dedo. Sí, precisamente un dedo, el índice, tiene alterada la hipócrita moral católica de algunos, porque dicen y a veces piensan que quien de él haga uso para propio deleite debería quemarse en el inframundo del Averno.
El
índice, entre gordito y cordial, que son sus vecinos, es el que señala; el que
niega; el primero en rascar y tapar; el que hurga; el que hace clic en el ratón
para abrir y cerrar ventanas; el que perpetúa su huella en el DNI y el que determina en los hombres, junto al anular, su
condición física, el nivel de testosterona, la longitud del pene o la
predisposición a padecer cáncer de próstata. Es el mismo que, en coalición,
forma la v de victoria o un par de cuernos.
El
mismo dedo, en la mano del Presidente, y no el voto ciudadano, fue el que
colocó al Dioni de Lehmann Brothers a cuidar nuestras carteras. Sí, en la era de las
Nuevas Tecnologías, le pareció oportuna la designación digital.
Por
eso, Olvido, entre aquel dedo y el tuyo, ya sabes con cual me quedo, y entre tu
iPhone y el de Gordillo… no me cabe la duda.

Sin la menor duda, Alfonso, un artículo inteligente, justo, excitante y comprensivo. Sólo un pero y es para el/la que lo publicó. A ese/a ni agua.
ResponderEliminarGracias, Alberto. El que lo publicó, porque dudo mucho que una mujer pudiera hacerlo, es un canalla.
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