lunes, 17 de septiembre de 2012

Comunicación y desarrollo (II)


El concepto de desarrollo y algunos de sus modelos.

En el Diccionario de la Real Academia Española, se define desarrollar como “Dicho de una comunidad humana: Progresar, crecer económica, social, cultural o políticamente”, y desarrollo, en su tercera acepción, como “Evolución progresiva de una economía hacia mejores niveles de vida”.

El profesor Manuel Chaparro considera el discurso de investidura como presidente de Harry S. Truman del 20 de enero de 1949 como el hito que hizo patente la división del mundo en ricos y pobres, en desarrollados y subdesarrollados. El cuarto punto de su disertación era muy esclarecedor:

«Hay que lanzar un programa audaz para mantener el crecimiento de las regiones subdesarrolladas [...] Más de la mitad de la población mundial vive en condiciones cercanas a la miseria [...] Su alimentación es insuficiente, son víctimas de enfermedades [...] Su vida económica es primitiva y estancada, su pobreza constituye una desventaja y una amenaza, tanto para ellos como para las regiones más prósperas [...] Los Estados Unidos deben poner a disposición de los pueblos pacíficos las ventajas de su reserva de conocimientos técnicos a fin de ayudarlos a realizar la vida mejor a la que ellos aspiran [...] Con la colaboración de los círculos de negocios, del capital privado, de la agricultura y del mundo del trabajo en Estados Unidos, este programa podrá acrecentar en gran medida la actividad industrial de las demás naciones y elevar substancialmente su nivel de vida [...] Una mayor producción es la clave de la prosperidad y de la paz, y la clave de una mayor producción es la aplicación más amplia y más vigorosa del saber científico y técnico moderno [...] Esperamos contribuir así a crear las condiciones que finalmente conducirán a toda la humanidad a la libertad y a la felicidad personal».

En aquellos momentos, la revolución comunista liderada por Mao-Tse-Tung comenzaba a imponerse sobre el partido burgués Kuomintang de Chiang Kai-shek, por lo que Estados Unidos perdía un importante aliado en Asia. La mención en el discurso de los “círculos de negocios” y  del “capital privado” eran un claro alegato capitalista contra el subdesarrollo y el comunismo. La frontera del desarrollo no la marcaba la diversidad cultural ni las peculiaridades sociales de los países, sino su mayor o menor capacidad de producir y consumir según los criterios de las naciones industrializadas del occidente. Como en otros muchos momentos de la historia, muchos países vieron como, sin ni siquiera ser consultados, eran situados por encima o por debajo de una línea trazada por el poder capitalista. El comunismo se postuló como alternativa al capitalismo, pero con las mismas metas: la búsqueda del crecimiento permanente.

El concepto desarrollo, como ya hemos visto anteriormente en la definición que el DRAE hace de este término, se nutre de otras nociones que, en algunos casos incluso son consideradas sinónimas, tales como evolución, crecimiento, progreso y riqueza.

Semánticamente, el término que más se aproxima es evolución, pese a que se asocia mejor con procesos naturales y no sociales, y según Foucault ambos permiten reagrupar una sucesión de acontecimientos dispersos y referirlos a un mismo y único principio organizador, …”. Sin embargo, es crecimiento la noción que más se emplea como sinónimo de desarrollo,  lo que a su vez ha podido constituirse como principal factor degenerativo de cuanto positivo conlleva esto último. Por ello es preciso matizar que el primero tiene connotaciones cuantitativas, mientras que el segundo es netamente cualitativo. Crecimiento implica más, y desarrollo implica mejor.

El crecimiento se basa en el empleo de recursos naturales y sociales, por lo que sería absurdo pensar en un crecimiento a largo plazo. Los recursos de la tierra son limitados y el ciclo de reposición de muchos de ellos es de cientos o miles de años, cuando no más. Cuando se sobrepasa el límite de carga de la Tierra los pueblos dejan de obtener de ella las materias necesarias para subsistir, empobreciéndose e incluso desapareciendo. No todas las formas de crecimiento son positivas, y no todas aparejan desarrollo.

Con crecimiento se relaciona frecuentemente progreso, y éste a la vez se asocia a desarrollo. En el DRAE se define progreso como “avance, adelanto, perfeccionamiento”. Los esfuerzos que realizan los pueblos en busca de su destino precisan ser evaluados, y son esos esfuerzos los que constituyen el progreso. El pensamiento científico moderno propició la aparición de numerosos inventos que significaban un “adelanto”. La sucesión de estas invenciones, poco menos que sin solución de continuidad, daba a entender que cada una de estas era mejor que la anterior, que aportaba más que su predecesora. Por tanto, profundizando más en su significado, podríamos entender el progreso como “el mejoramiento de los aspectos materiales de la vida humana”.

            Pero existe un factor que se asocia a progreso que hace toda su carga positiva de desvanezca y se generen tensiones: la universalidad. Pretender que todos los pueblos caminen sobre la misma línea y al mismo ritmo en busca de ese “norte” sobrepasa lo utópico. Es imposible concebir ese caminar sin considerar la diversidad cultural y social de los pueblos. La hegemonía occidental atenta contra la integridad de los pueblos, sometiéndolos a una manifiesta relación de dominación ejercida por aquéllos que tienen una economía boyante sobre los que sufren retraso. Más grave aún es la aceptación por ambos de esta dinámica idealizadora de la dominación, pues el dominante hace alarde de ella para autoafirmase en su hegemonía, mientras que el dominado hace todos los esfuerzos posibles por alcanzar los niveles de aquél. Los países pobres intentan imitar todos los procedimientos socioeconómicos de esas potencias.

            La Revolución Industrial de finales del XVIII y sus posteriores revoluciones tecnológicas gracias especialmente al empleo de nuevas fuentes de energía, los cambios en la agricultura y la evolución de los transportes y las telecomunicaciones, facilitaron al ser humano en el siglo XX, quizás por primera vez en la Historia,  su dominio sobre la naturaleza. El progreso se mide por la capacidad que tienen los pueblos para acceder a todos esos avances y, en consecuencia, abre una brecha entre países según su mayor o menor posibilidad de acceder a todo ello. Como dice Armand Mattelart:

“El progreso llegaría a los llamados países atrasados mediante la difusión de los llamados países adultos. Los flujos dela innovación, del cambio social, parten de arriba hacia abajo, de los emisores centrales y de las élites técnicas hacia los administrados, de las sociedades que han alcanzado la etapa superior de la «modernización/desarrollo» a las sociedades de los escalones inferiores. Este recorrido tiene un nombre, acuñado por la sociología de la modernización: westernization (occidentalización)”.

La desigualdad es un obstáculo para la protección del medio ambiente y una barrera para el desarrollo económico. Plantear como solución el enriquecimiento de los países pobres para protegerse de las catástrofes naturales es una postura equivocada, pues está probado que el incremento de la riqueza de un país está directamente relacionado con la cantidad de CO2 y otros gases nocivos emitidos al aire, y con el deterioro de su suelo.

"Basurero electrónico" en Ghana (África) 


Son muchos los casos en los que la especulación en pos del desarrollo han provocado auténticas catástrofes humanas y ambientales, cuando no un falso crecimiento del Producto Interior Bruto (PIB) de algunos países. Empresas del mundo desarrollado se abastecen en países pobres de materias primas para incorporarlos a sus procesos productivos, valiéndose de sobornos y prebendas a una oligarquía dominante que se enriquece hasta límites insospechados. En África se trafica con armas a cambio de esas materias primas, como es el caso de la interminable guerra de la República Democrática del Congo, uno de los ejemplos citados por Chaparro. Este país posee el 80% de las reservas mundiales de coltán,  una mezcla de minerales empleada en la fabricación de teléfonos móviles, pero se ve sometido al continuo saqueo y expolio por fuerzas militares de sus países vecinos, principalmente Ruanda y Uganda, así como de guerrillas internas y externas. Estos grupos, mejor equipados y pagados que el ejército regular congoleño, supervisan la extracción y transporte hasta su territorio y desde ahí lo exportan a Estados Unidos y Europa. Joseph Kabila, reelegido a finales de 2011 en unos comicios irregulares, también es acusado de enriquecerse a expensas del hambre de su pueblo. Su antecesor, Bokasa, había amasado una fortuna de 4.000 millones de dólares que guardaba en bancos suizos, mientras sus súbditos morían de hambre.

En Níger, país envuelto en una guerra civil solapada, la compañía francesa AREVA explota las reservas de uranio, mineral indispensable como combustible para plantas nucleares y material básico para armas atómicas. En un documento publicado en 2010, la organización ecologista Greenpeace denunció la existencia de niveles de radiación 500 veces superior al permitido en las calles de Akokan, una población próxima a las minas.

La República Democrática del Congo, Níger y Burundi se encuentran en los últimos lugares de la clasificación que mide indicadores nacionales de salud, educación e ingresos en todo el mundo.

En Nigeria, el octavo país productor de petróleo del mundo, la multinacional petrolera Royal Dutch Shell, mayoritariamente en manos de la familia real holandesa, extrae y exporta el petróleo, dejando desabastecidos a los autóctonos que no pueden pagarlo y han de recurrir al pillaje. Los medios de comunicación afines y mantenidos por Shell califican de ladrones a los nativos.

Como queda reflejado en el documental de 2004 “La pesadilla de Darwin”, de Hubert Sauper, la introducción en el lago Victoria de la perca del Nilo para su explotación pasada la mitad del siglo XX ha provocado la casi total desaparición del resto de especies autóctonas. La pesca, otrora artesanal y para consumo propio, ha pasado a ser controlada por empresas extranjeras que abastecen los mercados europeos de filetes de este pez, vendiéndolo en algunos casos como mero, y dejando en las aldeas ribereñas los desperdicios. Sauper denuncia:

“… es increíble que allí donde un materia prima es descubierta, los habitantes de las comunidades locales mueren en la miseria, sus hijos se convierten en soldados y sus hijas en sirvientas o prostitutas. Escuchar y ver una y otra vez las mismas historias me pone enfermo. Después de centenares de años de esclavitud y colonialismo en África, la globalización de los mercados africanos es la tercera y más aniquiladora forma de humillación para la gente de este continente. La arrogancia de los países ricos hacia el Tercer mundo (que representan 3/4 partes de la humanidad) está creando inconmensurables peligros futuros para todos”.

Otro documental-denuncia, “Los condenados del mar” (2008), del cineasta belga-marroquí Jawad Rhalib,  habla de cómo los barcos extranjeros han esquilmado los caladeros marroquíes de sardinas. El gobierno, buscando su enriquecimiento, ha vendido licencias de explotación a barcos de arrastre que literalmente “barren” los fondos marinos empleando redes que han arrasado con el ecosistema. Los habitantes de los pueblos costeros que vivían de la pesca artesanal se han visto obligados a emigrar hacia las costas del Sahara, en busca de caladeros que les permitan las capturas necesarias para que su economía subsista. En definitiva, el PIB marroquí crece gracias a esos contratos, pero sus pescadores se empobrecen y son desplazados.

            La lista de países afectados por la  voracidad consumidora del occidente hegemónico es amplia. La explotación laboral sin el menor escrúpulo ni respeto a los Derechos Humanos, la sobreexplotación de los suelos, la sustitución de cultivos tradicionales por otros destinados principalmente a la exportación, la tala descontrolada,  los vertidos en aguas territoriales con menor vigilancia, o el uso industrial de recursos escasos son factores decisivos para el mayor enriquecimiento de los poderosos y el hundimiento de los pueblos sometidos. La connivencia entre gobiernos y empresas enriquece a ambos, generando para los unos un PIB más favorable, aunque artificial, y reduciendo costes de explotación a las otras. Chaparro considera que el uso del PIB como medida de riqueza es arbitraria y peligrosa, pues no reflejan la calidad de vida y la satisfacción social y cultural de los países.

            El estadounidense Joseph E. Stiglitz, premiado con el Nobel de economía en 2001, criticó fuertemente en un informe de la Comisión Europea la hegemonía del PIB como indicador económico de referencia:

“…sólo compensa a los gobiernos que aumentan la producción material. […]. No mide adecuadamente los cambios que afectan al bienestar, ni permite comparar correctamente el bienestar de diferentes países […] no toma en cuenta la degradación del medio ambiente, ni la desaparición de los recursos naturales a la hora de cuantificar el crecimiento. […] esto es particularmente verdadero en Estados Unidos, donde el PIB ha aumentado más, pero en realidad gran número de personas no tienen la impresión de vivir mejor porque sufren la caída de sus ingresos”.

            Los medios de comunicación de masas se han dedicado a poner en su particular balanza, de un lado, los pingües beneficios que obtienen por la vía de la publicidad de grandes empresas y corporaciones, y, de otro, su capacidad para denunciar públicamente el modo en que dichas organizaciones explotan a los trabajadores de países pobres y emplean prácticas delictivas en sus modelos de desarrollo. Obviamente, son pocos los casos en los que la denuncia ha prevalecido sobre lo crematístico.

1 comentario:

  1. Hola Alfonso: me ha encantado tu post, por favor, sigue así.

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