El concepto de desarrollo y algunos de sus
modelos.
En el
Diccionario de la Real Academia Española, se define desarrollar como “Dicho de
una comunidad humana: Progresar, crecer económica, social, cultural o
políticamente”, y desarrollo, en
su tercera acepción, como “Evolución
progresiva de una economía hacia mejores niveles de vida”.
El profesor Manuel Chaparro considera el discurso de
investidura como presidente de Harry S. Truman del 20 de enero de 1949 como el
hito que hizo patente la división del mundo en ricos y pobres, en desarrollados y subdesarrollados. El cuarto punto de su disertación era muy
esclarecedor:
«Hay
que lanzar un programa audaz para mantener el crecimiento de las regiones
subdesarrolladas [...] Más de la mitad de la población mundial vive en
condiciones cercanas a la miseria [...] Su alimentación es insuficiente, son
víctimas de enfermedades [...] Su vida económica es primitiva y estancada, su
pobreza constituye una desventaja y una amenaza, tanto para ellos como para las
regiones más prósperas [...] Los Estados Unidos deben poner a disposición de
los pueblos pacíficos las ventajas de su reserva de conocimientos técnicos a
fin de ayudarlos a realizar la vida mejor a la que ellos aspiran [...] Con la
colaboración de los círculos de negocios, del capital privado, de la
agricultura y del mundo del trabajo en Estados Unidos, este programa podrá
acrecentar en gran medida la actividad industrial de las demás naciones y elevar
substancialmente su nivel de vida [...] Una mayor producción es la clave de la
prosperidad y de la paz, y la clave de una mayor producción es la aplicación
más amplia y más vigorosa del saber científico y técnico moderno [...]
Esperamos contribuir así a crear las condiciones que finalmente conducirán a
toda la humanidad a la libertad y a la felicidad personal».
En aquellos momentos, la revolución
comunista liderada por Mao-Tse-Tung comenzaba a imponerse sobre el partido burgués
Kuomintang de Chiang Kai-shek, por lo que Estados Unidos perdía un
importante aliado en Asia. La mención en el discurso de los “círculos de
negocios” y del “capital privado” eran
un claro alegato capitalista contra el subdesarrollo y el comunismo. La frontera del desarrollo no la marcaba la diversidad cultural
ni las peculiaridades sociales de los países, sino su mayor o menor capacidad
de producir y consumir según los criterios de las naciones industrializadas del
occidente. Como en otros muchos momentos de la historia,
muchos países vieron como, sin ni siquiera ser consultados, eran situados por
encima o por debajo de una línea trazada por el poder capitalista. El comunismo
se postuló como alternativa al capitalismo, pero con las mismas metas: la
búsqueda del crecimiento permanente.
El concepto desarrollo, como ya hemos visto anteriormente
en la definición que el DRAE hace de este término, se nutre de otras nociones
que, en algunos casos incluso son consideradas sinónimas, tales como evolución, crecimiento, progreso y riqueza.
Semánticamente, el
término que más se aproxima es evolución,
pese a que se asocia mejor con procesos naturales y no sociales, y según
Foucault ambos “permiten reagrupar una sucesión de
acontecimientos dispersos y referirlos a un mismo y único principio
organizador, …”. Sin embargo, es crecimiento la noción que más se emplea como sinónimo de desarrollo, lo que a su vez ha podido constituirse como
principal factor degenerativo de cuanto positivo conlleva esto último. Por ello
es preciso matizar que el primero tiene connotaciones cuantitativas, mientras
que el segundo es netamente cualitativo. Crecimiento implica más, y desarrollo implica mejor.
El crecimiento se basa en el empleo de recursos
naturales y sociales, por lo que sería absurdo pensar en un crecimiento a largo plazo. Los recursos
de la tierra son limitados y el ciclo de reposición de muchos de ellos es de
cientos o miles de años, cuando no más. Cuando se sobrepasa el límite de carga
de la Tierra los pueblos dejan de obtener de ella las materias necesarias para
subsistir, empobreciéndose e incluso desapareciendo. No todas las formas de
crecimiento son positivas, y no todas aparejan desarrollo.
Con crecimiento se relaciona frecuentemente progreso, y éste a la vez se asocia a desarrollo. En el DRAE se define progreso como “avance, adelanto,
perfeccionamiento”. Los esfuerzos que realizan los pueblos en busca de su
destino precisan ser evaluados, y son esos esfuerzos los que constituyen el
progreso. El pensamiento científico moderno propició la aparición de numerosos
inventos que significaban un “adelanto”.
La sucesión de estas invenciones, poco menos que sin solución de continuidad,
daba a entender que cada una de estas era mejor
que la anterior, que aportaba más que
su predecesora. Por tanto, profundizando más en su significado, podríamos
entender el progreso como “el mejoramiento
de los aspectos materiales de la vida humana”.
Pero
existe un factor que se asocia a progreso
que hace toda su carga positiva de desvanezca y se generen tensiones: la universalidad. Pretender que todos los
pueblos caminen sobre la misma línea y al mismo ritmo en busca de ese “norte” sobrepasa lo utópico. Es
imposible concebir ese caminar sin considerar la diversidad cultural y social
de los pueblos. La hegemonía occidental atenta contra la integridad de los
pueblos, sometiéndolos a una manifiesta relación de dominación ejercida por
aquéllos que tienen una economía boyante sobre los que sufren retraso. Más
grave aún es la aceptación por ambos de esta dinámica idealizadora de la
dominación, pues el dominante hace
alarde de ella para autoafirmase en su hegemonía, mientras que el dominado hace todos los esfuerzos
posibles por alcanzar los niveles de aquél. Los países pobres intentan imitar
todos los procedimientos socioeconómicos de esas potencias.
La
Revolución Industrial de finales del XVIII y sus posteriores revoluciones
tecnológicas gracias especialmente al empleo de nuevas fuentes de energía, los
cambios en la agricultura y la evolución de los transportes y las
telecomunicaciones, facilitaron al ser humano en el siglo XX, quizás por
primera vez en la Historia, su dominio
sobre la naturaleza. El progreso se mide por la capacidad que tienen los
pueblos para acceder a todos esos avances y, en consecuencia, abre una brecha entre
países según su mayor o menor posibilidad de acceder a todo ello. Como dice Armand Mattelart:
“El progreso llegaría a los
llamados países atrasados mediante la difusión de los llamados países adultos.
Los flujos dela innovación, del cambio social, parten de arriba hacia abajo, de
los emisores centrales y de las élites técnicas hacia los administrados, de las
sociedades que han alcanzado la etapa superior de la «modernización/desarrollo»
a las sociedades de los escalones inferiores. Este recorrido tiene un nombre,
acuñado por la sociología de la modernización: westernization (occidentalización)”.
La desigualdad es
un obstáculo para la protección del medio ambiente y una barrera para el
desarrollo económico. Plantear como solución el enriquecimiento de los países
pobres para protegerse de las catástrofes naturales es una postura equivocada,
pues está probado que el incremento de la riqueza de un país está directamente
relacionado con la cantidad de CO2 y otros gases nocivos emitidos al
aire, y con el deterioro de su suelo.
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| "Basurero electrónico" en Ghana (África) |
Son muchos los
casos en los que la especulación en pos del desarrollo han provocado auténticas
catástrofes humanas y ambientales, cuando no un falso crecimiento del Producto Interior Bruto (PIB) de algunos
países. Empresas del mundo desarrollado
se abastecen en países pobres de materias primas para incorporarlos a sus
procesos productivos, valiéndose de sobornos y prebendas a una oligarquía
dominante que se enriquece hasta límites insospechados. En África se trafica
con armas a cambio de esas materias primas, como es el caso de la interminable guerra
de la República Democrática del Congo, uno de los ejemplos citados por Chaparro. Este país posee el 80% de las reservas mundiales de coltán,
una mezcla de minerales empleada en la fabricación de teléfonos móviles,
pero se ve sometido al continuo saqueo y expolio por fuerzas militares de sus
países vecinos, principalmente Ruanda y Uganda, así como de guerrillas internas
y externas. Estos grupos, mejor equipados y pagados que el ejército regular
congoleño, supervisan la extracción y transporte hasta su territorio y desde
ahí lo exportan a Estados Unidos y Europa. Joseph Kabila, reelegido a finales
de 2011 en unos comicios irregulares, también es acusado de enriquecerse a
expensas del hambre de su pueblo. Su antecesor, Bokasa, había amasado una
fortuna de 4.000 millones de dólares que guardaba en bancos suizos, mientras
sus súbditos morían de hambre.
En Níger, país
envuelto en una guerra civil solapada, la compañía francesa AREVA explota las reservas de uranio,
mineral indispensable como combustible para plantas nucleares y material básico
para armas atómicas. En un documento publicado en 2010, la organización
ecologista Greenpeace denunció la existencia de niveles de radiación 500 veces
superior al permitido en las calles de Akokan, una población próxima a las
minas.
La República
Democrática del Congo, Níger y Burundi se encuentran en los últimos lugares de
la clasificación que mide indicadores nacionales de salud, educación e ingresos
en todo el mundo.
En Nigeria, el
octavo país productor de petróleo del mundo, la multinacional petrolera Royal
Dutch Shell, mayoritariamente en manos de la familia real holandesa, extrae y
exporta el petróleo, dejando desabastecidos a los autóctonos que no pueden
pagarlo y han de recurrir al pillaje. Los medios de comunicación afines y
mantenidos por Shell califican de
ladrones a los nativos.
Como queda
reflejado en el documental de 2004 “La
pesadilla de Darwin”, de Hubert Sauper, la introducción en el lago Victoria
de la perca del Nilo para su
explotación pasada la mitad del siglo XX ha provocado la casi total
desaparición del resto de especies autóctonas. La pesca, otrora artesanal y
para consumo propio, ha pasado a ser controlada por empresas extranjeras que
abastecen los mercados europeos de filetes de este pez, vendiéndolo en algunos
casos como mero, y dejando en las
aldeas ribereñas los desperdicios. Sauper denuncia:
“… es increíble que allí donde
un materia prima es descubierta, los habitantes de las comunidades locales
mueren en la miseria, sus hijos se convierten en soldados y sus hijas en
sirvientas o prostitutas. Escuchar y ver una y otra vez las mismas historias me
pone enfermo. Después de centenares de años de esclavitud y colonialismo en
África, la globalización de los mercados africanos es la tercera y más
aniquiladora forma de humillación para la gente de este continente. La
arrogancia de los países ricos hacia el Tercer mundo (que representan 3/4
partes de la humanidad) está creando inconmensurables peligros futuros para
todos”.
Otro
documental-denuncia, “Los condenados del
mar” (2008), del cineasta belga-marroquí Jawad Rhalib, habla de cómo
los barcos extranjeros han esquilmado los caladeros marroquíes de sardinas. El
gobierno, buscando su enriquecimiento, ha vendido licencias de explotación a
barcos de arrastre que literalmente “barren”
los fondos marinos empleando redes que han arrasado con el ecosistema. Los
habitantes de los pueblos costeros que vivían de la pesca artesanal se han
visto obligados a emigrar hacia las costas del Sahara, en busca de caladeros
que les permitan las capturas necesarias para que su economía subsista. En
definitiva, el PIB marroquí crece gracias a esos contratos, pero sus pescadores
se empobrecen y son desplazados.
La
lista de países afectados por la
voracidad consumidora del occidente hegemónico es amplia. La explotación
laboral sin el menor escrúpulo ni respeto a los Derechos Humanos, la
sobreexplotación de los suelos, la sustitución de cultivos tradicionales por
otros destinados principalmente a la exportación, la tala descontrolada, los vertidos en aguas territoriales con menor
vigilancia, o el uso industrial de recursos escasos son factores decisivos para
el mayor enriquecimiento de los poderosos y el hundimiento de los pueblos
sometidos. La connivencia entre gobiernos y empresas enriquece a ambos,
generando para los unos un PIB más favorable, aunque artificial, y reduciendo
costes de explotación a las otras. Chaparro considera que el uso del
PIB como medida de riqueza es arbitraria y peligrosa, pues no reflejan la
calidad de vida y la satisfacción social y cultural de los países.
El
estadounidense Joseph E. Stiglitz, premiado con el Nobel de economía en 2001,
criticó fuertemente en un informe de la Comisión Europea la hegemonía
del PIB como indicador económico de referencia:
“…sólo compensa a los gobiernos
que aumentan la producción material. […]. No mide adecuadamente los cambios que
afectan al bienestar, ni permite comparar correctamente el bienestar de
diferentes países […] no toma en cuenta la degradación del medio ambiente, ni
la desaparición de los recursos naturales a la hora de cuantificar el crecimiento.
[…] esto es particularmente verdadero en Estados Unidos, donde el PIB ha
aumentado más, pero en realidad gran número de personas no tienen la impresión
de vivir mejor porque sufren la caída de sus ingresos”.
Los medios de comunicación de masas se han dedicado a
poner en su particular balanza, de un lado, los pingües beneficios que obtienen
por la vía de la publicidad de grandes empresas y corporaciones, y, de otro, su
capacidad para denunciar públicamente el modo en que dichas organizaciones explotan
a los trabajadores de países pobres y emplean prácticas delictivas en sus
modelos de desarrollo. Obviamente, son pocos los casos en los que la denuncia
ha prevalecido sobre lo crematístico.

Hola Alfonso: me ha encantado tu post, por favor, sigue así.
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