Viviendo en la tierra de María Santísima, venerada y recordada en el nombre de este puerto marinero en el que vine a nacer, nunca se despertó en mi ese fervor cofradiero que a tantos seguidores arrastra y que tantas páginas llena en la gacetilla impresa de mayor tirada en la provincia. Cuento con muchos amigos en esos menesteres y saben que les tengo escrupuloso respeto.
En verdad sí que tuve una experiencia, siendo niño, de la que guardo un simpático recuerdo y que en ocasiones ha sido leitmotiv de alguna pesadilla.
Fue a mediados de los setenta del pasado siglo cuando, siendo un chaval, me propuso un amigo salir de eso que aquí llamamos penitente y que en la ortodoxia semanasantera se dice nazareno. Si no se llegaba a un mínimo de desfilantes no saldrían, y habían hecho un gran dispendio en flores y otros preparativos.
No tenía yo edad para entender del auténtico significado de desfilar ese domingo por la noche con unas vestiduras tan especiales y llamativas, pues la mayor afición que teníamos era chorrear con la cera unas pelotas para luego hacer diana en…, bueno, donde mejor se quiera imaginar. Lo que sí me equivoqué y debería haber renunciado al capirote, pues por aquel entonces ni siquiera habíamos oído hablar de tallas XXL. Como pude, incrusté mi cabeza en ese cono de durísimo cartón. Sí, incrusté al estilo de la Real Academia, que define el verbo como “hacer que un cuerpo penetre violentamente en otro o quede adherido a él”, pues sin violencia no habría entrado y la marca en la frente, de lo apretado, la paseé toda esa Semana Santa.
No fue por el tocado por lo que recuerdo la experiencia, sino por algo más ardiente y espectacular. Después de haberme recorrido un buen trecho con el cirio en mi costado izquierdo, pues me colocaron en la fila de la derecha, y a menos de cien metros de la "meta", en una de las paradas opté inconscientemente por adoptar una postura de descanso, como si fuera un soldado y el cirio un fusil. Entre que miraba para atrás rogando la orden de seguir y que el antifaz dejaba un escaso campo visual, de no ser por un grito salvador de “¡niño que te quemas!” habría pasado de ser Batman, por lo de la capa negra, al hombre antorcha. La manga de angel de aquella túnica prestada prendió como si en vez de lino fuera de gasolina. Esa mujer me salvó de quemarme, pero no del cachondeíto de la concurrencia. ¡Qué susto! Evidentemente, una y no más.
Pero a todo esto, si hoy me puse a escribir no fue porque me haya llegado una luz, como a Saulo, y quiera inscribirme en una Hermandad. Sería una falta de respeto hacia ellos y una incongruencia para conmigo mismo. Tampoco soy un hereje al que condenar a la hoguera (ya me salvé aquella vez), pero es la fecha la que lo merece porque hay tres efemérides, tres caídas, que me provocan la misma animadversión, similar repugnancia y tremenda estupefacción.
De un lado, casi como una marca comercial, el 11-S es para nosotros un especial apócope de “ataque terrorista acaecido en Nueva York a consecuencia del cual no sólo se derribaron las torres gemelas del World Trade Center, sino que cambió el curso de la historia, desembocó en dos guerras y cambió el orden mundial”. Nada nuevo puedo decir sobre ello, porque teorías hay para todos los gustos, pero sí que me pareció una salvajada. La caída de las torres relegó al asesinato de JFK en aquello de “¿Dónde estabas tú cuando…?”, y creo que pasarán igual de años hasta que se sepa la verdad completa.
Con el mismo epíteto quiero calificar otro hecho que se perpetró hace 39 años en uno de los países más prósperos por aquel entonces de América del Sur. Un terrorista de uniforme, con nombre de emperador y apellido casi de narizotas, asaltó a base de bombas y dinero de la CIA la casa presidencial, instaurando una abominable dictadura que sirvió a los Chicago Boys de laboratorio para experimentar su sistema económico neoliberal. De cómo se las gastaba el golpista dio buena cuenta Costa Gavras en su película Missing. Con esta segunda caída, tal vez de una forma más solapada porque aquí el malo pagaba con dólares USA, el mundo dejó de ser lo que era. Lo que Friedman había teorizado hacía más poderosos a los poderosos y sometía más a los ya sometidos. Infinitamente mejor que yo lo explica Naomi Kein en su genial obra La doctrina del shock: El auge del capitalismo del desastre. ¡Qué paradoja es que la protohistoria de la actual crisis económica naciera en el Palacio de La Moneda!
Y la tercera caída, más "doméstica", menos mediática, sin víctimas humanas pero no menos salvaje y vomitiva es la de Volante, un toro que en una vega de la muy ilustre, antigua, coronada, leal y nobilísima villa de Tordesillas ha sido lanceado hasta la muerte en una brutal orgía de sangre que la Junta de Castilla y León reconoce como “espectáculo taurino popular” con el nombre de Inmemorial Torneo del Toro de la Vega. ¿Popular?, pues vaya mierda de pueblo, señores. Esto no tiene nada que ver con la tauromaquia, ni siquiera con aquella tan sangrienta de los grabados de Goya en la que toros y caballos aparecen con las tripas fuera. Aquí no pueden decir los taurinos que “el toro no sufre”. Es una carnicería, un derroche gratuito de violencia comprensible en el cuaternario, pero estamos en la Era Digital. Es como regresar a las cavernas.
Tres caídas el mismo día de septiembre, tres, cada cual más salvaje, cada cual con menos sentido.
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| Nada de esta imagen existe hoy |


Magnifico artículo Alfonso; me has llevado de la oreja, sin ninguna resistencia por mi parte, a un recorrido desde tu curiosidad de chaval e inexperto nazareno, en una descripción barojiana deliciosa, a destacar tres hitos en nuestra historia más reciente, las tres certeras, pero quizá por amortizadas, las dos primeras, me han puesto en "suerte" el único tercio de esta cruenta corrida que solo en mentes que no han salido de la espelunca, se atreven a ver con ojos que no sean de rechazo. Estoy contigo. La palabra prohibir es lo único que debe estar prohibido, pero habrá que buscar la forma de que Tordesillas sea conocido por algo mejor que por su Toro de la Vega. Un abrazo.
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