martes, 18 de septiembre de 2012

Мир (paz)


Este verano volvieron a Cádiz muchos de los veleros que ya tuve la suerte de conocer veinte años antes, en la Gran Regata Colón 92. Tal vez la crisis económica, que tiene al mundo con las orejas gachas, tal vez la menor relevancia internacional del evento o la pésima campaña de comunicación, o todo junto, motivaron importantes ausencias, especialmente de países latinoamericanos. La Constitución de 1812 no sólo contó entre sus redactores con diputados americanos, sino que abolía los cuatro virreinatos y promulgaba que “La Nación Española es la unión de todos los españoles de ambos hemisferios”. Claro que por aquel entonces no había personajes como el Chavez, la Kirchner, el Morales o los de aquí que me ahorro nombrar.

Gente, eso sí, había hasta para regalar.

En la guerra de seguidores en Facebook, La Pepa queda muy por detrás de féminas con menor sustancia pero mayor penetración marujil, como La Belén (Esteban), que multiplica por ocho, o La Rosa (Benito) que triplica el número de adeptos. Algo no funcionó en la organización para tener tan paupérrimo lugar en este frikiranking. Reconozco mi sobredosis de sarcasmo, porque tampoco supimos aquí nada de eventos conmemorativos de las batallas de Zitácuaro o Tucumán, de las que también hace 200 años, o del quinto centenario de la conquista de Navarra. En cambio, pese a ser la mitad, el centenario de la tragedia del Titanic ha dado muchísimo más que hablar, y la exposición temática que estará hasta finales de septiembre en el Museo Náutico de Barcelona cuenta con más de cinco mil seguidores en la misma red social.

Paseando por el muelle que es el puerto, pero no El Puerto, como dice ese texto tan simpático sobre nuestra forma de entender el español en Cai que pulula por el ciberespacio, volví a disfrutar especialmente de tres navíos (y dieciocho mil empujones).

El primero de ellos, tanto en afecto como en mi orden de visita, era nuestro Juan Sebastián De Elcano. Es curioso lo que me pasa con este barco, aunque tal vez no me pase sólo a mi: hasta que no lo veo rodeado de otros grandes veleros no me doy cuenta de su majestuosidad, de su belleza plástica. Además, me encanta ver esa descomunal bandera española sin pollo y esa cercanía al pueblo de su tripulación. Lo que menos me gusta es lo redundante que suena eso de “¡mira el Elcano!”, y me solidarizo con los que, tirando por la calle de enmedio  llaman a nuestro buque “el cano”. Si Manuel Benítez es "El Cordobés"; Santiago Martín "El viti"; qué menos que Juan Sebastián sea "El Cano".

Siguió nuestro paseo por aquella esquina nauticorenacentista de la dársena: del herreriano Elcano al churriguerresco Amerigo Vespucci, el sanctasanctórum de los botelloneros, por su excepcional parecido al de la amarilla etiqueta de un whisky de “medio pelo”. Creo que las jovencitas se acercaban a esta impresionante fragata ansiosas por ver a Johnny Depp vestido de pirata, y nueve cubatas más tardes acababan con otro “pirata”, más al estilo de Johnny Roqueta. Un navío espectacular y muy cerca de las carpas de la marcha nocturna.

Entre los italianos y mi tercer objetivo se encontraba el barco polaco, con un nombre que para pronunciarlo hay que retorcer la lengua como un epiléptico (con perdón).

El último, al final del muelle Reina Victoria,  el Mir (Мир) del la Academia Estatal Marítima Almirante Makarov de San Petersburgo. Este año tenía muchas ganas de acercarme a él, ya que teniendo mi particular intérprete cabía la posibilidad de agenciarme un llaverito o una gorra, pero tampoco. Tonterías aparte, lo que más me gustó siempre de este barco es su nombre. Para quien no lo sepa, Мир significa paz (y también mundo), y creo que no hay nombre más bello para bautizar a una embajada flotante, a un barco que nació como buque escuela de la armada soviética y ahora es embajador ruso de buena voluntad. El mismo nombre recibió la primera estación espacial de investigación habitada de forma permanente de la historia, ya destruida, que Rusia heredó de la Unión Soviética.

Hablando de Cádiz, de embajadas y de paz, y ahora que se acerca su cumpleaños, no puedo evitar hablar de la nieta de quien fue tramoyista del Gran Teatro Falla. Y es que días atrás tuve la osadía de encender la tele después de comer y sintonizar el canal estrella del gurú de la telebasura. Vasile, que en mi tierra suena a chulería, es un artista a la hora de encontrar “máquinas de hacer dinero”; es decir, personajillos con un caché tan bajo como sus escrúpulos pero que hacen subir la audiencia como la espuma con disputas de verduleras y comedias barriobajeras. Ya nombré antes a dos de ellas, que en seguidores superan a La Pepa y convierten en Audrey Hepburn a  La Pepi del Selu.

Y entre ese ganado, para mi sorpresa, me encuentro a la que fue auxiliar clínica metida a cómica y que tanto éxito cosecho con sus chistes, sus palabrotas y sus modales de farota. España entera se reía a carcajadas con ella, aunque es cierto que en Cádiz no eran tan fuertes las risotadas. Como ella las encuentras a manojitos en cualquier puesto de la plaza, limpiando una escalera, vendiendo lotería clandestina o haciendo churros. Y mucho mejor que ella, el mariquita más soso de Cádiz. A pesar de todo, esta patilarga pasilarga fue durante un tiempo una simpática embajadora de la argéntea tacita.

Como no tengo un duro y el banco no tiene nada que hacer, sin pudor sí dejé que me embargara la curiosidad, y relajé mis mecanismos de defensa para dedicarme a la contemplación. He de decir que no ha malgastado el dinerito que ha sacado en su vida mediática, y que los años no le han sentado mal. Incluso la vi con más carnes, guapetona, una jaquetona, como diría mi amigo Blas; porque cuando el Saque bola se parecía a la novia de Popeye, pero con las napias de “tomamoreno” Rockefeller. Estaba mejor, pero sigo estando seguro que lo de “…mi rosita temprana, la flor más bella de Andalucía… “ no iba por ella.

Pero las metamorfosis tienen efectos perniciosos y difícilmente controlables. Fíjense en Ovidio, que no se quedó tranquilo hasta convertir en estrella el alma de Julio Cesar. Y nuestra estrella caletera no iba a ser menos. Increíblemente, o por un brutal ataque de amnesia, en la hora y pico que aguanté no dijo ni una vez shosho, pisha o cohone. El “irua irua”, se había convertido en “mira tú”, el “fitetú” en “fijaos” y los fonemas “gaditas” no aparecían ni en publicidad. El ceceo tornó en exagerado seseo, aunque con esa especie de parálisis del labio inferior, muy a lo pijo, parece un xexeo. Ahora habla como de por ahí, pero no sé de donde. Sonaba raro lo de “noticia zenzacioná”, pero es que más raro me suena “notixias xenxaxionásls” o algo parecido, porque transcribirlo resulta ardua tarea.


Yo sé que telecirco sabe hacer rentable a sus personajes, y si ya sacaron los colchones con Constantino y las sartenes con Belén, pronto sacarán el iPaz, un traductor electrónico del español al pijocateto.

No te veo en ese papel de tecnocelestina, lo siento, y me gustabas más, pero sin apasionarme, contando chistes con tu humor gordo. Y si te digo la verdad, ahora me cuesta menos entender la Мир rusa que la Paz gaditana.




1 comentario:

  1. Pues sí señor, me he leído de pe a pa el pim pam pum de tu fina ironía dedicada a los personajes, que yo afortunadamente no sufro, pero que no parece que padezcan esa troupe de seguidores que aún encuentra el telecirco interesante. ¡Estamos arreglados! Un abrazo

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