Qué
duro debe ser romperle la frente a golpes a quien protesta armado solamente con
su garganta, sobre todo si tú mismo te has estado quejando antes de ponerte el
casco y los guantes de cuero, sobre todo si anoche, antes de dormir, tu esposa
te contaba que se le había ido un dineral en las cosas del cole de las niñas. Y
tú, solo Dios sabe porqué, estampaste esa fría barra negra en la frente de
aquel chaval que gritaba “¡no a los
recor…!”. Sin dejarle terminar convertiste su cabeza en un manantial de
roja indignación.
Había
llegado desde un pequeño pueblo de Granada donde trabaja como maestro de niños,
aunque él siempre presume de su origen gaditano. En esta ocasión no quiso lucir
su camiseta amarilla, porque no estaba de ánimos con tanto bajarle el sueldo y
subirle los precios. Tampoco quería que alguien se la estropeara: la conserva
como una reliquia desde que su padre se la regaló con la firma de Mágico
González. Qué casualidad, si no fuera porque obligatoriamente tenías que viajar
en esa jaula con ruedas incluso podrías haber compartido coche y frustraciones
entre Granada y Madrid.
Seguramente,
mientras malcomías el bocadillo de jamón y las dos manzanas que te dieron para
aguantar todo el día, en algún remanso dentro de toda aquella confusión
recordaste aquellas pupilas de pánico clavadas en tu mano derecha, y cómo explotaste
toda la ira en su rostro.
Agotados,
en el camino de vuelta no cruzasteis palabra, y ni siquiera el ruido del motor
apagó esas respiraciones agitadas. Llamaste a casa, tu mujer ansiaba esa
llamada porque la radio alertó de policías heridos y ni tiempo tuviste para
tranquilizarla. “Tranquilo, mi amor, las
niñas no han visto nada”.
Hoy
te levantaste tarde, tenías el día libre por lo de ayer, y saliste con el
tiempo justo para recoger a la más pequeña. Estabas deseando verla, tanto que
te alarmaste por no saber quién era aquel que, agachado junto a tu hija, le
colocaba bien la mochila y abotonaba su rebequita. Solamente al alcanzarla
pudiste entenderlo todo, e incluso te chirriaron los oídos cuando te decía “Mira papi, Roberto el profe se ha hecho
pupa”.
“Sí, cariño, papi ya lo sabía, se lo hizo un
hombre malo”. Es demasiado pequeña para entender ese apretón de manos y
esos ojos nublados.

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