¡Hay que ver las cosas que pasan en este país
nuestro llamado España! Y no se me llena la boca de decir España porque me
gusta sentarme a escribir con un cuenco de palomitas al lado, y estaría feo
mezclar. Eso sí, que la quiero con locura aunque a veces tengo la sensación de
que me pone los leños.
Las coincidencias, según la ortodoxia
matemática, son simplemente casualidades, acontecimientos entre los que no
existe una conexión lógica o racional. Sin embargo, no compartía esta opinión el
curioso dúo formado por Carl Gustav Jung y Wolfgang Pauli, defensores a
ultranza del principio de sincronicidad; el primero desde una
perspectiva psicológica (inconsciente colectivo) y el segundo desde postulados
de la física. Resumiendo y vulgarizándolo un poco, vinieron a decir que el
hecho de que una cosa sea considerada coincidencia no debe suponer
zanjar la cuestión, sino que interesa profundizar hasta la raíz.
Allá por el verano de 2002, la mayoría de los
españoles descubrimos que, aparte de ser el condimento favorito de Arguiñano,
lo de Perejil era una isla que formaba parte de nuestro territorio. Tardé un
poco en localizarla en el mapa, aunque con el paso de los telediarios de Urdaci
iba creciendo hasta alcanzar el tamaño de Groenlandia y la importancia estratégica
de Okinawa.
Resulta que unos moritos un poco cabreados (y
que no se me enfade ninguno) nos invadieron y colocaron la bandera de Marruecos
sobre suelo patrio. Tal magnitud alcanzaron los hechos que Aznar tuvo que dejar
la Botella y salió pitando a convocar urgentemente a su Gobierno. Incluso se organizó la
Operación Romeo-Sierra, gracias a la cual un 17 de julio (uysssss, casi casi)
reconquistamos la isla y situamos allí a nuestros caballeros legionarios. “Al
alba y con fuerte viento de levante”, glosó en un alarde poético muy
esproncediano el Ministro Trillo y sin meterse en más honduras.
También por esa misma época, un tal Josep Lluís
traía locos a unos y a otros con aquello del independentismo catalán…, y el 4
de agosto salía de prisión un tal Artola Santiesteban tras cumplir 16 años de
una condena de 327. Eso sí, aún la AVT no se había radicalizado tanto y guardó
un discreto y servil silencio.

Diez veranos más tarde, y coincidiendo con otro gobierno
pepero, otro brote independentista y otra liberación de un terrorista, va otra
patulea de africanos hambrientos y se cuelan en España: porque la isla de
Tierra sí es España, aunque hayan tenido que pintarla con rotulador en el mapa.
¿Alguna vez alguien escucho al hombre del tiempo decir “una borrasca sobre la
isla de Tierra…”? Yo no, pero de ahí a dejar que los de la chilaba nos la
mangoneen va un trecho. Además, nunca hay que olvidarse del seven eleven, 711, que empezaron por Gibraltar y hasta que no llegaron Isabel y Fernando no
los mandaron otra vez para abajo. Bueno, a los de Granada los echaron los
Católicos, y a los de Perejil y Tierra sendos ministros del Opus Dei, casualidades
de la vida.
Eché en falta, eso sí, en las dos últimas
reconquistas a Don Pelayo y a una escotada cantante alentando a nuestros soldados. Al fin y al
cabo esto era más guerra que la de los golfos y allí estuvo Martalatex Sánchez.
Sinceramente, creo que no debo dejarme llevar
por la atractiva simetría de las coincidencias y afirmaré que lo de las islas y
el fervor patriótico es pura casualidad, curioso pero casual. No es cuestión de
asociar hasta rozar lo conspiranoico, de eso ya se encargarán otros. Aunque…
islas, …, gaviotas,… ¡¡Siggggggggmuuuuuuuuuuuund!!
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| Otra de las posesiones españolas en el norte de África |

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